Foto familiar

fotofamiliar1Recibió la foto familiar con estupor.  En el centro, sentadas en sendas sillas, las dos ancianas viudas y, de pie, sus hijas rodeándolas con gestos de dependientes eternas.

Entre parpadeos se acercaban y alejaban, como en flash back, esos rostros conocidos en su niñez y juventud en aquel tiempo pujante de las ancianas retratadas.  Gente buena, emprendedora, noble, sus tías.  Infantiles candorosas, desde siempre, sus cinco primas.  Esas tías paternas llevaron, en otro tiempo, la belleza, la elegancia y la abnegación a sus familias, como un sello que parecía dárseles naturalmente y, al mismo tiempo, engalanarlas como bisutería luminosa.    Veía muchas veces esa foto, ¿dónde estaba ahora aquella elegante belleza?  ¿Qué trampa del destino era esa foto?  ¿Es la vejez así de abusadora y fea?

Se sentía envejecer. Sintió miedo de llegar a esa etapa de la vida en que la piel, sin pudores, muestra que es la más lúcida página donde se escribe la vida.  Al menos no se tomará ni una foto más después de los 60, pensó.   ¿O quizá hay otra manera de envejecer?   ¿Lo que la foto no dice?  ¿Lo que ha visto en otras pieles de mujeres amigas y en sus hermanas mayores?  Un reto inmenso circuló en su diástole, pensó en sus hijos. Y en la anciana que necesitaba esculpir, la que saldría de sí misma en poco tiempo.

Las tías habían envejecido junto a hijas que no envejecían.  Los rostros de estas eternas niñas, sus primitas, incólumes al tiempo, inocentes eternas, seguían mostrando sus mismas sonrisas y candores.  Los de ellas, las dos tías, eran mustios, luces apagadas se diría, mapas de amarguras, frustraciones y angustias que dejaron impacto en la mirada, ilusiones juveniles, sueños, amores, posibilidades finalmente clausuradas porque eso es la vejez en las mujeres cuando son tan buenas, topar con la imposibilidad de recrear la vida, con la negación completa al estallido de una carcajada.

Las tías envejecieron protegiendo y amando a sus hijas sin esperar nada a cambio, y sin alternativas.   En cambio las primitas no conocerán la vejez, sus risas siempre saldrán en las fotografías, morirán sin sospechar un poquito el precio de sus vidas, sin conocer las responsabilidades, la maldad, el amor, el trabajo o la mentira.    Muy chiquitas, a sus 50 o 60 años, no  importa, seguirán vistiendo sus muñecas inocentes como ellas mismas, y pintándose los labios y las uñas se apagarán un día quizá sorprendidas que mamá no haya vuelto de quién sabe dónde y desde hace ya tiempo.

 

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