Dos primeros aguaceros

Estaba en el aula de clases de la Universidad, el martes pasado, y celebré con los estudiantes el primer aguacero de la temporada, mientras en el patio de invierno de mi casa se derrumbaban casi 4 paneles del cielo raso.  Al llegar me dí cuenta.   Las láminas de gymsum, esponjadas de agua y troceadas del golpetazo de la caída, se amontonaban junto a la puerta de la cocina dificultando ser abierta.  Ja, me dije, ¡no es un día para más carreras!.  Examiné todo con curiosidad y displicencia de gata.

Hoy, con el ambiente húmedo y fresquito, la agenda del día está trazada sin mayores espectáculos.  Estoy rara, como queriendo quedarme quieta, como necesitando paz, como agradeciendo, sin porqués, la vida que me tocó, como queriendo amarme, abrazarme, perdonarme, reírme.  ¡Y tampoco voy a correr!.

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La mamá de mi hija

dosmujeresDe las historias que voy conociendo hay una reciente que me llenó de energía. Involucra a tres mujeres.

Ese día, ahí estaba Diana con amplia sonrisa de propietaria del Restorán El Rincón en el segundo piso de un Centro Comercial al este de San José, donde llegué con mi amiga Eugenia.   Joven y hermosa nos atendía con picardía y generosidad.    Fue una tarde sabrosa del mes de abril. La brisa quiso limar asperezas haciéndose una seda que se deslizaba sobre mi piel, como anticipando la bella historia de amor que conocería luego.  La sierra de El Cangrejo  y el celaje convocaban mi mirada de vez en cuando, aunque a veces ésta saltaba hacia abajo para ver el movimiento de hombres, mujeres y vehículos.   Me sentía de fiesta.  Todo estaba, por  ese instante urbano, en el lugar debido.  Sobre todo yo, que casi nunca lo estoy, era de pronto parte intrínseca de aquello, es decir de la tarde con su brisa, del cielo con su celaje y de ese trozo de vida compartida con mi amiga.

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