Dos primeros aguaceros

Estaba en el aula de clases de la Universidad, el martes pasado, y celebré con los estudiantes el primer aguacero de la temporada, mientras en el patio de invierno de mi casa se derrumbaban casi 4 paneles del cielo raso.  Al llegar me dí cuenta.   Las láminas de gymsum, esponjadas de agua y troceadas del golpetazo de la caída, se amontonaban junto a la puerta de la cocina dificultando ser abierta.  Ja, me dije, ¡no es un día para más carreras!.  Examiné todo con curiosidad y displicencia de gata.

Hoy, con el ambiente húmedo y fresquito, la agenda del día está trazada sin mayores espectáculos.  Estoy rara, como queriendo quedarme quieta, como necesitando paz, como agradeciendo, sin porqués, la vida que me tocó, como queriendo amarme, abrazarme, perdonarme, reírme.  ¡Y tampoco voy a correr!.

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Complicidades

El sol me da su luz esta mañana y se mete en la casa donde vivo.

Un viento suave da aliento a la taza con café servido y a la almohada, amante enamorada, que esperará por mí todo este día; también al jazmincillo y a la verdolaga, a la lupe frondosa y al discreto tejido de la vida que fluye por la menta y la poesía.

hormigas2El patiecito con hamaca y flores celebra la visita de familias de hormigas, y un colibrí agitado deja caer un beso tornasol en su vuelo furtivo.  Se le saltan los ojos, de querer verlo todo, a la araña cercana, más si deja de hilar otras congéneres se lo reclamarán.   Las bocas-flores del aquamarina hace rato que cantan sus propias melodías.  La hiedra bulle vida y brilla verde.

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