El doctor, un excelente marido

El viejo de presencia noble, flojo y panzón, piel blanca, ojos azules y escasa melena canosa, en realidad dista bastante del joven apuesto que recordaba lleno de entusiasmo y chistes cuando era novio de su hermana la mayor, un buen puñado de años atrás.

Entonces en el pueblo era un inmejorable prospecto de marido.  Nada menos que un médico recién graduado en la UNAN de León en el seno de un pueblo cuasi analfabeto y donde los niños y los adultos mayores son salvajemente golpeados por la desnutrición y la disentería.  Pero su hermana lo había mandado al carajo porque la desubicaba no saber, con él, cuando las cosas eran verdad o eran chiste.  Su hermana que desde entonces ha sido una mujer de una sola y buena pieza y que, para su edad entonces, tenía prestigio de demasiado seria.

Este hombre ahora ochentón, tuvo otra novia, la Soberana.   Con ella se casó y vivió pocos años.   La Soberana era guapa y coqueta, tomaba un jugo de pepino con piña todas las mañanas para mantenerse en línea y tenía aspiraciones de salir de pobre al casarse con el doctor porque los tiempos que corrían eran como los de ahora: los médicos ascendían en la escala social como los frijoles con gorgojos cuando se ponen en el agua.

Pero este doctor tiraba hacia abajo, lo jalaban los pobres chinandeganos, mujeres y hombres enfermos, trabajadores o desnutridos y todo su perfil, para la Soberana, era de un marido irresponsable que trabajaba mucho pero que no cobraba igual, un doctor que no se daba su lugar.  No quería entender por qué su marido permanecía horas y horas en aquel pequeño dispensario de la esquina opuesta al parque de Santa Ana, atendiendo las filas de indigentes que llegaban por sus remedios y sus bromas.   Dicen que por eso lo dejó y también porque era poco hombre, no podía darle hijos.

Entonces el doctor compró una casita de ladrillos rojos, limpia y fresca.  Adoptó a un niño huérfano de esa guerra social-estructural del occidente de Nicaragua.   El personalmente se ocupó de las tareas maternas y paternas que el bebé necesitaba. Julián, su negrito murruco de ojos negros chispeantes, le decía papá y lo abrazaba.  Pagó su educación primaria, secundaria y universitaria, jugó béisbol con él cuando bajaba el sol.  Eran toda una familia.

En el funeral y el entierro del doctor estuvo casi todo el pueblo.  Niños mocosos, viejas panzonas, mujeres bizcas, mercaderas de delantal, borrachos rehabilitados, hombres cojos, viejos locos, maestras y maestros.   Y hasta los boy scouts y el cuerpo de bomberos.   El cura dio la misa gratis.  Abundaron los crisantemos de todos los colores, los lirios y clavelones, los manojos de trinitarias con todo y sus espinas, y hasta de ramos de verdolaga florecida la gente hizo coronas para su ataúd.   Julián se veía triste pero orgulloso.   Su hermana la mayor, y la Soberana, ya viejas, departieron fluidamente bajo la misma sombrilla que las protegía del sol mientras el cortejo avanzaba hacia el cementerio.  Y ahí confesaron su mutuo secreto: ninguna había conocido, en toda su vida, un hombre mejor y, en realidad, dijo la Soberana, el doctor fue un excelente marido.

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