Final feliz o del muerto que estaba vivo

Ese fue el discordante de una sucesión de días igualitos durante los 7 años de prisión que llevaban en la cárcel de Chinandega. Los dos habían sido acusados de matar a un hombre en una cantina allá por San José del Obraje.  Fueron sentenciados a 10 años de encierro.

A esa altura, ya reos de confianza, merodeaban por el área de trabajo de la penitenciaría. Victorino, con una escoba de tusa, barría el hojarascal de todos los días que el abundante almendro no cesaba de soltar en el patio central de la cárcel. Chepito, en cuclillas, daba bromas a sus compañeros de infortunio entre risotadas que habían olvidado el pudor por los dientes que faltaban a la boca. Marcados por la aceptación de la voluntad de Dios eran bajitos, flacos y morenos, de un oscuro intemperie, un tanto azulado, un color del que sólo el sol de occidente es responsable.

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