Delia y los versos

Los versos a veces le servían para medir el tiempo. Llego en cinco poemas, se decía a sí misma cuando iba para la casa de su mejor amiga. Y es que, en el camino, repetía cinco veces una de las tantas composiciones que se sabía de memoria.   O, al supermercado voy en seis poesías, cronometraba con precisión.   Cuando tenía que esperar en una clínica o en un banco, en su diálogo interior mascullaba: ¡bárbaridad, esto me llevó siente Sonatinas!   Sobre todo, eran los versos de Rubén Darío los que más le servían.

Como no tenía reloj de pulsera, escuchaba la hora en la tv y entonces salía disparada hacía el trabajo, todos los días.  Repetir, muy despacio, dos veces La copa de las hadas y tres veces La cabeza del rabí o más o menos, era el tiempo que le llevaba desde que subía al bus muy de mañana, hasta la parada donde ya estaba cerca la oficina. Pero si ya era como decir noviembre y empezaba a sentir el frío de los vientos alisios en su rostro, su vara de medir el tiempo no era ni más ni menos que La rosa niña.

Cristal, oro y rosa / alba en Palestina / salen los tres reyes de adorar al Rey / flor de infancia llena de una luz divina / que humaniza y dora / la mula y el buey.

También los versos le servían para sobrevivir a situaciones en las que perdía la ruta, la orientación, se desubicaba casi por completo.  Estas podrían ser una tensa reunión de trabajo en la que no tenía nada que decir y mucho que soportar, un diálogo infructuoso, una conferencia super aburrida, un noticiero despiadado.  Entonces repetía una y otra vez Victor Hugo y la tumba, Del trópico o La marcha triunfal.  Eran los mantras con los que salía ilesa.

De niña no sabía el nombre de Rubén Darío, ni de Juana de Ibarborou, ni de Jorge Manrique, ni de Gabriela Mistral, ni de Amado Nervo, ni de Sor Juana Inés de la Cruz, ni de nadie.   Pero oía los versos que su madre repetía en voz alta mientras lavaba los platos en la cocina grande, o la ropa sucia en la batea de madera.   Ya cuando tuvo seis o siete años, si, empezó a conocer esos nombres y a repetir los poemas porque encontraba sonoras las rimas y divertidos los ritmos.   Los cuentos-versos de Rubén Darío parecían una especialidad de su madre.   Algunos eran en dúo.  Y entonces eran más divertidos.  Por ejemplo, en La copa de las hadas, ella hacía de la pequeña Delia que sólo tenía dos intervenciones en todo el largo poema, al principio y al final y con la misma pregunta: ¿Fue en las islas de las rosas, en el país de los sueños, en dónde hay niños risueños y enjambres de mariposas?   La interrogante desataba un parlamento muy grande en versos deliciosos que su mamá repetía feliz y sin equivocarse.   La niña escuchaba.

Mas grande empezó un poquito a entender, a través de las explicaciones de su mamá, qué significaban aquellas palabras como silfos, como ninfas, como titanes, como guzla, como alba, como grutas, como diademas, como capuz….

Aprendió que todo pasa por los versos.  Lo bueno, lo malo y lo feo.  Y que la luz del día es un verso. Que en cada grano de frijol puede estar un versito o un gorgojo. Y que los pétalos de la flor de verdolaga pueden esconder poemas.  Y eso la marcó con la fuerza de un hierro candente que no hace daño.

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