La taza de la Nana

manzana azul

Taza de la Nana al frente

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Manzanas de Picasso

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Manzanas de Van Gogh

Esa taza es bonita.  De porcelana fina, pequeña; sobre un fondo blanco está grabada una manzana azul al frente y una roja atrás, ambas unidas a sus pedúnculos y algunas hojas verdes, esto, por supuesto, si decido que el asa está a mi derecha.

Los trazos de esas manzanas son un tanto cubistas, más cercanos a las manzanas de Picasso que a las de Monet o las de Van Gogh.  Soy atrevida al decirlo, tanto como mi hijo menor cuando de pequeño decía que podía imitar a Picasso en sus dibujos.  Recuerdo que dije en mi interior qué atrevido.

La historia de la taza es más larga que los once años que lleva en mi familia, los mismos que tiene de muerta la hermana que me la regaló.   Si agrego tres años anteriores, digamos, son catorce años desde que salió de los hornos de cerámica de Studio Nova en Malasya, como se registra en su base.  ¿Qué son catorce años en la vida de una taza?  En este momento de descarte y cambio que vivimos, de novedades futiles, de estridencias luminosas, de la cotidianidad líquida de Bauman, ¡por supuesto que es mucho tiempo!

manzna roja

Taza de la Nana por atrás

Enero de 2011.  Las hermanas y hermanos asistimos a los funerales de Abelino, mi hermano mayor.  Fue en Chinandega.  Después de reposar unos días en mi casa en San José viajé a Miami para estar con mi hermana la segunda.  Su debilidad del hígado ya era visible en su piel y en sus pupilas.   Hablamos.  Reímos. Lloramos al hermano.  Tomó café en esa taza.  Yo dije qué linda taza.   No sabíamos que también nos despedíamos porque ella murió tres meses después.  Cuando preparaba mi regreso, la puso en mi equipaje.   Así llegó la taza hasta mi casa.  Con su impecable estética y utilidad tomó un lugar central en el rito matutino del cafecito caliente.  En 2018 pasó a la cotidianidad de mi hijo el menor, el que decía que podía imitar a Picasso.   Ahí estaba estos días que la encontré en su escritorio aún con restos de café.  Y como claramente no la mató ni el tiempo ni la ausencia, Me llevo esta taza, le dije a mi hijo, Es la taza de la Nana.

Fuerte y frágil, la taza.   Como la hermana que me la dio es sobreviviente, una emigrante que, como ella, ofrece su utilidad hasta el último momento y explotará en mil pedazos cualquier día.  Me sorprende, además, que sea un hilo del que puedo tirar para hilvanar mi vida.   Su poder de evocación la ubica en ese universo de las pequeñas cosas que me dejó un tiempo de rosas y que en mi casa forman una red intrincada de sentido.  El sentido que me acercar un poco a quién soy.

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