Hermanas siamesas

Para Angie, con cariño
Felices de vivir pero expulsadas
nacimos lastimadas.
Dos recuerdos opuestos,
dos modos de existir,
dos tiempos simultáneos
conjugados.
Y cada nuevo abrazo
nos provee ese recuerdo intacto.
 Más también...
 casi con vida propia
 se instalan las distancias,
 crecen los desamparos
 y, de un momento a otro,
 a veces sin quererlo, lastimamos
 para ser nuevamente lastimadas.

 Son esas las memorias que se activan,
 las hermanas siamesas
 que no hemos separado.  

Al encuentro de las Tres Marías: Juana de Ibarbourou más allá del mito

¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen. / Rosas, rosas, rosas en mis dedos crecen. / Mi amante besome las manos, y en ellas, / ¡oh gracia! brotaron rosas como estrellas.

Mi gorda mamá recitaba esos versos.  Hace casi 60 años en el escenario de aquella Casa de Tablas.  Y mientras sus manos, lejos de florecer, se perdían en la profundidad de la pila donde se acumulaban los trastes sucios de cada día.  Ella alzaba su voz, diáfana.  Y un día sí y otro también, declamaba poemas y, entre ellos, éste.  Le ponía énfasis a las frases que encontraba más significativas que, en este poema, eran:  ¡Ah, pobre la gente que nunca comprende un milagro de éstos y que sólo entiende, / que no nacen rosas más que en los rosales / y que no hay más trigo que el de los trigales!.  Muy pequeña era yo.   Y merodeaba por la pila de la cocina.  La escuchaba. Su voz me encantaba, me abrazaba. Tenía luz, color, armonía.  Me hacía sentir piedad por esa pobre gente sin entender quiénes eran o cuál era el milagro al que se referían los versos.   Mi madre explotaba con el final irreverente del poema, desaparecía ella y ya sólo era su voz llenando el espacio de la casa: Que me digan loca, que en celda me encierren, / que con siete llaves la puerta me cierren,  /  que junto a la puerta pongan un lebrel, / carcelero rudo, carcelero fiel.

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