Grito de los sonidos

ardilla Todo sonaba húmedo y espeso.  Muchas lianas se movían a capricho del viento.  Los ojoches, jaúles, robles y caobillas sacudían la humedad del rocío y una que otra enredadera, cruzada en su camino, alimentaba musgos y bromelias dormidas.  No estaban las ardillas ni los chichiltotes, pero se presentían.  Una rana saltó y otra también, la libélula voló en un santiamén,  ambas hacia  ese gran destino de su charco y su vida.  Era un blues que llegaba hasta ella desde sus verdes, rojos, locos, amarillos, blancos y cafeces cuerpos.

Caminaba hacia el rio.

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Maritza

mujer4Don Pedro  nació y murió en Tegucigalpa.  Fue un intelectual de alcurnia y había ejercido varios cargos diplomáticos y políticos dentro y fuera de Honduras.   Sin embargo este cuento lo encontró acabado, viejo, sin dinero, solo y enfermo.   Su antigua esposa vivía en Chile y sus dos hijos, diplomáticos como él, estaban lejos.    Se había comido, en sus buenos años, no solamente tres herencias, sino los suculentos estipendios derivados de sus funciones públicas.  Como buen mujeriego, había quedado solo, decía la gente.  Era el tipo de hombre que empezaba seduciendo a la madre y continuaba con la hija,  se involucraba con secretarias o administrativas mal puestas, casadas y solteras, con las esposas de sus amigos, con las amigas de sus amantes, en fin, era débil para el amor, un seductor implacable.   Maritza lo sabía porque todo Tegucigalpa lo sabía.

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