Mercedes Olivera Bustamante, la amiga, la feminista

Merceditas y mi nieta Anaí, en su visita de 2017

Merceditas y mi nieta Anaí, en su visita de 2017

He leído lo que se ha escrito sobre Merceditas desde ayer que el mundo está triste porque no tendrá más letras escritas por ella y, en San Cristóbal de las Casas, no estará su presencia equilibrando la lucha de poderes en favor de las mujeres indígenas y los pobres; algunas personas no gozaremos otro abrazo suyo, ni habrá otro momento en que juntas nos aliviemos en silencio del burumbum del mundo. 

Estas letras no son sobre su perfil de feminista, antropóloga y escritora que bien podemos consultar en internet sino, más bien, un testimonio inevitable de nuestra amistad, un rito de despedida y agradecimiento a ella. 

Conocí a Merceditas en ayeres de trabajos intensos en la década de los 80, en Managua.   Llegó de asesora para una investigación del Instituto Nicaragüense de la Mujer (INIM) donde yo dirigía el Centro de Documentación. 

Mi primer recuerdo de ella la ve sentada en un banco revisando bibliografía en la sala rectangular de estantería abierta que teníamos, mientras yo ordenaba libros subida en una pequeña escalera de madera.  La escucho diciéndome sonriente: si puedes organizar este Centro de Documentación también puedes dirigir el país.  Lo tomé como un cumplido aunque percibía, en la frase, que había un algo más que fue revelándose poco a poco y, a lo largo de años de amistad, me dí cuenta que una de las actitudes constantes de Merceditas en su relación con las personas era confiar en ellas auténticamente, estimular su desarrollo, brindarles su amistad y con ésta, su aporte indiscutible.   

En los años que vivió en Managua, durante la fenecida Revolución Popular Sandinista, fuimos amigas. Luego la diáspora de la pérdida electoral nos separó, pasó mucha agua bajo el puente en su vida y en la mía y, a mediados de los noventa, retomamos el contacto, ella me encontró, conoció mi casa en San José, mi trabajo en la Comisión Centroamericana de Derechos Humanos (CODECHUCA) y mis dificultades de jefa de hogar con dos niños pequeños.   

Tiempo después regresó a Costa Rica, estaba sorda, aprendimos muy rápido a gestionar la comunicación a partir de los aparatos auditivos que traía consigo, salimos de paseo, compartió con mi familia y organizamos pequeños encuentros con los jóvenes amigos de mis hijos; aprovechando la ocasión dio charlas sobre la situación del movimiento zapatista y la lucha de las mujeres indígenas en Chiapas; los auditorios de la UCR se nos atiborraban de estudiantes para escucharla y el Centro de Investigación en Estudios de la Mujer (CIEM), donde yo trabajaba, se ponía una flor en el ojal.  

Era claro para mí que, desde el primer día que la conocí en Managua, sería un lujo su amistad, una fortaleza su presencia en mi vida, los paseos compartidos, su acogida a mi hijo y a mí en su casa en San Cristóbal…. 

Y sus palabras escritas… ¡un legado a la humanidad! Porque Merceditas al trabajar por las mujeres y los pueblos originarios pensaba en todos los seres que habitamos este planeta y era radical en su postura humanista y era marxista en su comprensión de la opresión de clases y era crítica del poder y congruente en su decisión de estar abiertamente del lado de las personas oprimidas y es cierto que algunas cúpulas feministas no se sentían cómodas con esto y tuvo que sortear, no sin dificultades, el no ser bien recibida en espacios en los que podría pensarse que lo sería.  

Han pasado más de 30 años, quizá, desde esos entonces.   Mi trabajo siguió siendo de documentalista (me gustó más llamarme así y no bibliotecaria) en colectivos y organizaciones feministas de Costa Rica y también de otros países centroamericanos; eso me permitió conocer feminismos y feministas en Centroamérica, tanto de Ong’s como de organizaciones internacionales, gubernamentales y académicas.

Y desde esa particular mirada es que atesoraré ese modo de Merceditas de hacer de su vida una meta de toda feminista: acercarse a las mujeres y a sus problemas, vincular, comprometerse en la búsqueda de soluciones y sin poses, sin falsas promesas, sin oportunismos, ser ella misma.
Deseo terminar con un fragmento de mi poema a ella cuando estuvo en Cuba para tratar su salud en los años 90, era difícil la comunicación con La Habana en momentos de un Fidel que nos mantenía en zozobra con sus decisiones, muy compleja su situación emocional: 
¿Cuánto te pesa el mundo?
¿Has estado cansada hormiga sin horario?
………
Merceditas,
El cambio no lo verán tus ojos,
ni los míos,
ni los de nuestros hijos.
Te invito a vernos a nosotras mismas
y descubrirnos esbozos limpios
del mundo
que habrán de vivir otros.
Mercedes Olivera, Altamoravia, 2017

Mercedes Olivera, Altamoravia, 2017

Y eso fue Merceditas, un esbozo limpio, un anticipo del mundo que habrán de vivir otros y entre las montañas, caseríos y comarcas de Guatemala y México, refugiadas, indígenas, pequeñas parceleras y jefas de hogar atesorarán también sus propios testimonios.
¡Hasta luego entrañable amiga!