Un día de abril en Managua fuí gata que maúlla el dolor de una historia sin salida mientras livianas ternuras instalaban su tienda transitoria y me sostenían en esa nueva versión de la vieja miseria conocida.
La laguna de Nejapa es una grieta oscura y seca. No encontré vegetación, ni tortugas, ni parejas besándose a sus alrededores. La ribera del Xolotlán, retirada más de mil metros de la costa, dejaba a la intemperie árboles secos que, estoicamente, seguían de pie. De lugares inexplicables surgían niños andrajosos pidiendo monedas…. Respiré desolación en el aire caliente.
Imágenes de un cataclismo permanente.
Manifestaciones de los desmovilizados del ejército, de la empresa FANATEX y la zona franca. Era un miércoles 28 de abril del año mil novecientos noventa y tres del siglo pasado.
Quería estar con las mujeres de Belmonte en huelga de hambre desde hace diez y seis días, despedidas sin prestaciones sociales después de cinco, diez, quince años de servicio; quería ir a la marcha del primero de mayo, quería hacer unas entrevistas para el boletín noticioso que dirigía en mi trabajo en Costa Rica, quería platicar con las amigas…
Los agrietados rostros de las gentes expresaban arrechura contenida y la cruda información que llegaba hasta mí, era insufrible; necesitaba pausas, silencios, espacios para tragar los malos bocados y pronto me saturé de la impotencia. ¡Imposible sosegarme!
En el Coro de Ángeles, escuchando a Carlos Mejía Godoy y su grupo, fue distinto: siempre mis raíces, pero menos morbosas. En el ambiente al aire libre una luna redonda me sonrió suavecito. ¡Una luna a quién rezarle!, me dije. Y, sin titubear, le agradecí alumbrar sobre los ranchos de las barriadas de Managua, le rogué clemencia para los pobres y permiso para disfrutar ese momento que, de pronto, parecía inventado de la nada. Entonces me sentí aliviada, limpia, nueva, compacta.
Al día siguiente emprendí el viaje a Chinandega declamando interiormente La copa de las hadas, fantasía dariana para salvarme en el paisaje seco.
Fue en la isla de las rosas / en el país de los sueños / en donde hay niños risueños / y enjambres de mariposas….
Sabía que ni algodonales iba a encontrar en el camino debido a que, ese año, el Banco no había dado financiamiento a los productores y fueron éstos, seguidos por los peones, quienes lideraron la marcha pidiendo trabajo y crédito para volver a sembrar. Tampoco habían florecido los malinches a la entrada de la otrora ciudad de las naranjas, aún no empezaban las lluvias y esas vainas del final del verano se veían terribles. Chinandega era miseria doblemente obscena: epidemias de lepra y cólera se ensañaban con niños y ancianos en los sopores diarios de aquel calor sin fin de abril.
Presagio y realidad. Abril. Volvía a mi memoria, ese bello y terrible abril de La hora Cero de Ernesto Cardenal:
En abril, en Nicaragua, los campos están secos.
Es el mes de las quemas de los campos,
del calor, y los potreros cubiertos de brasas,
y los cerros que son de color de carbón;
del viento caliente, y el aire que huele a quemado,
y de los campos que se ven azulados por el humo
y las polvaredas de los tractores destroncando;
de los cauces de los ríos secos como caminos y
las ramas de los palos peladas como raíces;
de los soles borrosos y rojos corno sangre
y las lunas enormes y rojas como soles,
y las quemas lejanas, de noche, como estrellas.
Con su camisa manga larga blanca, mi padre me pareció un dios limpio y fresco. En su rutina diaria de viejo viudo, atendía a 12 mendigos borrachines, censados y conocidos por él, que pasaban por la casa para que les diera un peso. Una moneda de a peso a cada uno, repartidas a la misma hora de todas las mañanas. La Sombra nuevamente preñada, brava y cariñosa, seguía con su mirada perruna cada uno de los pasos de sus ritos.
¡Montones de historias en Chinandega! Densos relatos que, como besos de amante, reventaban en ternuras para aliviar males juntados, mientras mi padre, en un particular ritual de bienvenida, buscaba la mejor guayaba de su árbol para servírmela cortada en cuatro trozos iguales.
La dicha y la desgracia se hicieron síntesis en los abrazos que recibí y dí sin perder una sola posibilidad.