Alicia en el país de las maravillas

Alicia¡Y otra vez un libro clásico me rescata en estos días que, dentro de mí, se ha desatado un fin del mundo más que un fin de año!   Y no sólo me salva.    Alicia en el país de las maravillas me acompaña, me alivia desde un montón de sorpresas, de recreación, de soledad, de confrontación, de identidad, de sentido, de sinsentido, de consuelo, de ternura, de personajes de los que aún falta qué decir: el conejo blanco de ojos rosados, el Gato de Cheshire, el sombrerero, la reina de corazones, la oruga, la tortuga, las langostas, los erizos, los flamingos…

Me gustaría comprender a esa niña de la época victoriana en la que Lewis Carroll (1832-1898) escribió la historia.  Quizá lo hago un poco pero, como todo lo que sucede en el mundo de Alicia, mi sentimiento más próximo a ello es al revés: es ella la que lo hace expresando mis perplejidades y azoros.

El autor parece acercarnos a ese turbulento tiempo inglés en el desfile de la Reina de Corazones que avanza hacia el campo de cricket lanzando sentencias de «decapítenlo» dirigidas a cualquier súbdito mal parado ante sus ojos, pero también rabiosa porque no puede decapitar al gato de Cheshire que aparece sin cuerpo en la escena. ¿Cómo decapitar a alguien que no tiene cuerpo?. ¿Se puede decapitar a la magia?  Pero es Alicia la que se mueve en ese desfile escuchando conversaciones inaudibles y decantando la rudeza del juego de cricket.

Es difícil no identificarse con esa niña que crece y decrece al vaivén de fuerzas externas y en el proceso, halada por mundos extraordinarios donde habita preguntona, asienta su cuestión más compleja: ¿Quién soy?  Consciente de sus cambios corporales y de los fenómenos maravillosos y, algunos también rudos, que ha vivido en la madriguera del conejo, la pregunta es angustiosa y traviesa, ¿quién soy?

Boga en el mar de sus lágrimas de tan pequeña que ha llegado a ser y pide a su amigo el gato que no se le aparezca de improviso porque puede matarla de un susto. Alicia continúa vulnerable y juguetona transitando este siglo, sus ojos abiertos siguen descubriendo mundos, fastidiosos algunos y crueles otros, donde seguir haciéndose preguntas.

Aunque nada perdure

JoseAdiakAhora que, como decía mi madre, no hay santo en quién persignarse, Aunque nada perdure nos novela la vida de Edith Gron (1917-1990), escultora, extranjera y, al mismo tiempo, entrañable nica hasta el final de sus días.

Dar rostro y figura a Andrés Castro (1856)  la lleva a desafíos y encuentros personales a través de los cuales se desliza con intensidad su propia vida en una Managua políticamente caótica como casi siempre.   Y el  valiente campesino, habiendo derribado al filibustero lanzándole una enorme piedra, quedó inmortalizado en otra piedra aún más grande: la tallada por Edith 150 años después de la Batalla de San Jacinto.   Es la estatua que se yergue a la entrada de la Hacienda San Jacinto y que figura en los textos escolares nicaragüenses.  Ambas acciones son épicas.

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