Darwin y los otros

A Juan Luis, Enrique y Roland

Darwin vivía con nosotros en Managua.
Ese monito, flaco y larguirucho,
no quería a mis hijos
desde una vez que lo jalaron de la cola.

Era feo,
aunque yo lo miraba bonito.

Enrollando su cola en mi cuello me jalaba
y se prendía de mi talle para que le hablara.
Algunas tardes íbamos por pan y leche
tomados de la mano,
contentos, orgullosos.

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La niña, el héroe y el perrito

comiendoLa niña de mirada curiosa recibió un perrito de batería que le mandó su tía-abuela Car.   Al ser accionado, el perrito volteretea  en el suelo, rodando varias veces en 360 grados mientras mueve su cola y dibuja vórtices inaprensibles en el espacio que va ocupando.   A la niña todavía le asusta,  no sabe que es la representación de un travieso terrier  contento de vivir.  Podría también  ser la reencarnación del espíritu de Flush, aunque éste haya sido un spnail de orejas colgantes, jugando en los alrededores de la perrito111casita de campo donde vivía en Londres, con su querida ama miss Mitford, allá por mil ochocientos y tantos, en el cuento de Virginia Woolf. (España, Salvat, 1971).

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