Final feliz o del muerto que estaba vivo

Ese fue el discordante de una sucesión de días igualitos durante los 7 años de prisión que llevaban en la cárcel de Chinandega. Los dos habían sido acusados de matar a un hombre en una cantina allá por San José del Obraje.  Fueron sentenciados a 10 años de encierro.

A esa altura, ya reos de confianza, merodeaban por el área de trabajo de la penitenciaría. Victorino, con una escoba de tusa, barría el hojarascal de todos los días que el abundante almendro no cesaba de soltar en el patio central de la cárcel. Chepito, en cuclillas, daba bromas a sus compañeros de infortunio entre risotadas que habían olvidado el pudor por los dientes que faltaban a la boca. Marcados por la aceptación de la voluntad de Dios eran bajitos, flacos y morenos, de un oscuro intemperie, un tanto azulado, un color del que sólo el sol de occidente es responsable.

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El doctor, un excelente marido

El viejo de presencia noble, flojo y panzón, piel blanca, ojos azules y escasa melena canosa, en realidad dista bastante del joven apuesto que recordaba lleno de entusiasmo y chistes cuando era novio de su hermana la mayor, un buen puñado de años atrás.

Entonces en el pueblo era un inmejorable prospecto de marido.  Nada menos que un médico recién graduado en la UNAN de León en el seno de un pueblo cuasi analfabeto y donde los niños y los adultos mayores son salvajemente golpeados por la desnutrición y la disentería.  Pero su hermana lo había mandado al carajo porque la desubicaba no saber, con él, cuando las cosas eran verdad o eran chiste.  Su hermana que desde entonces ha sido una mujer de una sola y buena pieza y que, para su edad entonces, tenía prestigio de demasiado seria.

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