Como ofrendas


Vengo del abrazo
de un hombre y una mujer
a sus treinta y pico enamorados.

El espermatozoide de ese vaqueano guapo, 
altivo, sano y bohemio 
se fusionó con el óvulo de una mujer iconoclasta, 
autodidacta, soñadora, laica.

Y nací.

Los dos protagonistas 
de esa cópula, mi cópula, 
delicioso proemio de mi vida, 
quedaron unidos por las montañas 
de su común pueblo natal, 
las rencillas familiares, 
la guerra civil primero, 
la insurrección popular después, 
los hijos, las hijas, 
los silencios y las despedidas
las necesidades y el amor.

Fueron honrados en medio de ladrones, 
íntegros en la fragmentación, 
limpios en la mugre,
disciplinados en la anarquía.  

Mi padre aportó camisas blancas mangas largas,
al paisaje de sucios y derrotados
y mi madre opuso veladas darianas
a las tardes de toques de queda.

Extendieron a su tiempo 
miradas de horizonte, 
y ambos dieron su rabia ante lo injusto
y su aprecio por todas las personas
como ofrendas para cambiar el mundo.

No hay ayeres ni mañanas,
ni vigilias ni sueños
que estén lejos de ellos.


Parecida a papá

A la muerte de mi padre en 1994

Soy, sin él,
una mujer
en lo limpio de mi espacio,
lo inocuo de mis alegrías
y ridículos,
en mi abismo leve,
mis ritos simples,
necia en mis deseos
y con dificultades
de pisar la tierra.

Y en este espacio sideral
que habito
soy monolítica escultura
que pendula
con agrietados bordes
y quizá algún recodo
parecido a papá
más allá de por siempre
y para siempre.