Este gajo de gentes

Este gajo de gentes 
que llamo mi familia,
resilientes migrantes
en este globo errante,
conserva un asidero
como okupas
en un rincón de mí.

Son gentes muy variadas
y valientes
si bien no las conozco a todas,
de vez en cuando lanzan
buzucasos de sangre
en ruta al corazón.

Hay ancianas y jóvenes,
salvajes y poetas,
maestras y artesanos,
alcohólicos, suicidas,
médicos y dentistas,
ingenieras aeronáuticas,
eternas niñas viejas
y muertos recordados
y vivos olvidados
sin que falten las guapas
y los guapos
y hasta los niños díscolos.

Como una nota al pie, explico:
no existe en este espectro
ladrones ni políticos
lo cual es una dicha.

Y todos nos movemos azorados,
buscándonos en otros,
sin tomarnos las manos,
inconexos los lazos
del abrazo
y latentes los vicios tan humanos
que nos traen noticias
a veces fastidiosas
y otras veces fatales,
oscuras, retorcidas,
que parecen un cuento
de finado Allan Poe.

Y somos un pueblo itinerante,
un grito suelto,
un puño de apellidos diversos
que, por los parajes que dejamos atrás,
nos sabemos una mansa parentela
que en delirantes éxodos
camina con recato por la tierra.

De la mano

A propósito de las tribus significativas....
Por la vida, de la mano,
con fuerza nos agarramos.
Para no perder el rumbo
que mil voces infantiles
están gritando de abajo.

Los que tenemos el alma
como potreros sagrados
avanzar necesitamos
agarrados de la mano.

Los que lucimos los ojos
como si fueran ventanas,
sabemos que es de la mano
que veremos la mañana.

Los que llevamos la piel
como se lleva una sábana
se la damos al hermano
cuando se quedó sin nada.

Los que adoramos al sol
por tanto que nos ha dado,
recibimos, agarrados,
su cálida luz dorada.

Y por eso, de la mano,
conversamos
y comemos y cantamos,
y es esa nuestra manera
de decir que nos amamos.