Los rápidos del Reventazón en la sala de Mondrian

Volví a visitar a mi amiga una tarde de finales de junio. Hacía un poco de calor; sin embargo, ya dentro de su casa, el vientito que nos llegaba desde el jardín refrescaba el ambiente. El verde policromático de las matas y el rincón acogedor de su sala pintada a lo Mondrian coreografiaron nuestro encuentro.

Fueron muchas sorpresas para mí. Quizá la más importante fue encontrarla sola, sentada en su sillón reclinable desde donde había accionado el portón eléctrico del garaje para que yo entrara. Y ahí estaba, con su espalda doblada en semicírculo y su cabeza caída sobre el pecho, buscándome con su mirada de soslayo, atenta y al mando de su casa. Con mis dos manos la rodeé desde la espalda y mi derecha recorrió muy rápido todo su dorso; por unos segundos, sentí el calorcito de su empequeñecido cuerpo.

La enfermera había aprovechado que yo llegaba para hacer mandados. Pensé que muy pronto volvería, pero no...

Llegó la hora de tomar el café. Ella me indicó, con ese lenguaje que inventamos para la ocasión, cómo poner mis manos debajo de las suyas, juntando las muñecas, y sostenerla mientras ella, agarrada de mí, iniciaba la calistenia de dejar su sillón: las manos bien sujetas y sus piernas aguantándola hasta que lograba agarrarse de su andadera. ¡Habíamos iniciado una aventura! Seguían unos treinta metros y diez minutos hasta las dos gradas que nos llevaban al comedor donde todo estaba dispuesto para el cafecito; nuevamente mis manos sustituían la andadera. Yo, frente a ella, me adelantaba con pasos hacia atrás sin dejar de sostenerla para darle tiempo a que pusiera un pie primero y luego el otro en cada uno de los escalones; Eso llevó otros diez minutos más o menos. Una vez arriba le dije: «Amiga, qué campeona», pero no imaginaba que la aventura no terminaba ahí y que sentarse en la silla del comedor y lograr acomodar sus caderas sería una mayor categoría de campeonato para ella. Lo hizo... la felicité.

No quería pensar cómo bajaríamos las gradas. Me sentía responsable de que no se lastimara y menos que se fuera a quebrar ese pedacito de cristal de cuarzo vivo que ahora era mi amiga. Deseaba que llegara la enfermera pronto, pero no... ahí seguíamos las dos, solas, como tantas otras veces lo estuvimos, celebrando la vida, pero ahora en esta circunstancia inimaginable y difícil.

Su rostro estaba un poco menos enjuto que la última vez que la había visitado y su pronunciación mejor gracias a la terapia de lenguaje que recibe, pero aún le cuesta articular conversaciones. Le leí Unas cuantas monedas, cuento corto de mi hermana Karen que escuchaba atenta. Le hablé de El libro de arena de Borges y de Instrucción de novicias de Ana Garrido y Carmen Urbita. Comentó que lee muy poco, está perdiendo la visión y se cansa rápido. La próxima vez que la visite leeremos la conferencia sobre la ceguera que se encuentra en el libro Siete noches de Borges. Aprobó con una nueva sonrisa.

La enfermera demoraba. Mi amiga quería orinar: otra hazaña de grandes proporciones. Si sentarse en la silla del comedor fue complejo, levantarse y bajar los dos escalones no lo fue menos. El pequeño cuarto de baño, muy próximo al comedor, está acondicionado con sendas agarraderas a su altura, pero debe subir una grada; de nuevo aquel esfuerzo de levantar sus piernas y deslizar sus pies como si fueran bloques que la gravedad retiene al suelo. Finalmente se sentó en la taza y ahí vino lo peor para mí: me pidió que le cerrara la puerta. ¿Cerrarle la puerta? ¿Dejarla sola? Me quedé afuera; el miedo a que se cayera dentro del baño me atenazaba. Si hasta el momento éramos dos amigas, detrás de la puerta cerrada yo estaba sola, lidiando con una posibilidad que no deseaba nombrar....

Cuando por fin bajó el escalón del baño y, de nuevo, pasó de mis manos a su andadera para volver a su poltrona en la sala, no contuve lo que pasó por mi mente: «Querida —le dije—, has pasado los rápidos del Reventazón en mi compañía». Ella sonrió y ese gesto, para mí, fue como las carcajadas de antaño, cuando reíamos de una travesura o de una feminista de paquete de las que conocimos en la Universidad de Costa Rica.

Quédate más

Ayer visité a una amiga muy enferma, me pasé con ella toda la tarde y parte de la noche. Siempre me cuesta ir a verla y, en esta ocasión, no sabía qué le diría, cómo la abrazaría, si nos reiríamos o hablaríamos como antes, no sabía nada…. La mayor parte de mi visita fue en silencio; un silencio cómodo para ambas en el que nos sentimos vulnerables mortales… o algo así, sustancioso, delicado;  a cierta hora de la noche le dije que si ella quería yo me podía ir para que ya durmiera…. Balbuceó con dificultad un quédate más.    Quédate más. Fueron dos palabras con las que adelantaba lo que hacía rato mi corazón gritaba y mi boca callaba, quédate más era justo lo que quería decirle, pero no estaba segura si, al hacerlo, mi voz delataría mi temor a su muerte y, peor aún, un responsabilizarla -a ella, así de frágil- por mantener la vida que nos fue prestada y nunca nos dijeron cuánto rato.   La dejé hasta que la enfermera le dió sus medicamentos de la noche y le puso pijama para acostarla… quizá ambas experimentamos esa misericordia que une corazones y nos da aliento, al menos para enfrentar los avatares, al menos para aceptar o protestar porque el quedarnos más no depende de nosotros, si no de ese poder vital que nos prestó el aliento y que también nos trasciende.  ¡Ay, Dios mío, si existís, damos la mano y, si no existís, también danos la mano!.   ¡Ojalá así sea!