Mi padre y la Sombra: a un año de la muerte de mi madre

perra paridaEsa tarde la Sombra andaba loca; hacía cortos, ansiosos y repetitivos recorridos por la casa y no había querido comer en todo el día; dijo mi papá que su parto sería pronto.  A las siete de la noche nacieron los primeros dos perritos y, a las once, ya eran nueve hermanos.   Como telón de fondo una abundante lluvia chinandegana, de esas que braman sobre los techos de zinc, absorbía cualquier otro sonido.

La Sombra había parido en un hueco hecho por ella en el patio y el agua amenazaba con meterse. Mi papi se levantó cuando empezó el aguacero y quizá alertado de no sé qué manera del parto de la perra.  Cubierta por el estruendo del agua y la penumbra, salí sin ser notada; quería ver qué pasaba, temía que mi padre se resfriara.   El viejo, en calzoncillos y camisola blanca, con una toalla en la cabeza, parecía un amistoso fantasma moviéndose bajo la noche lluviosa; ayudaba a la perra a transportar sus crías treinta metros más allá, para ponerlos bajo techo.   Mi papi es la única persona que puede hacer eso: acercársele a la Sombra recién parida y coger a los perritos sin alterarla; llevaba dos, llevaba tres en la cuenca de sus manos.   La perra echada, junto a sus hijos, lo veía de cerquita y yo desde la oscuridad del corredor de la casona de madera.

Los ojos de la perra y los míos, al borde de las lágrimas, brillaban en la noche.   Mi papá, la perra y yo compartíamos, estoy segura, un sentimiento de ternura hacia los recién nacidos.   La Sombra y yo, además, un profundo respeto y admiración por el viejo al que tanto le importaba la vida de los cachorros.  No obstante, a pesar de los cuidados, un perrito murió y la perra seguía tumbada junto a su hijo muerto, mientras veía cómo mi padre  continuaba la evacuación del resto de su camada.   Al terminar, mi papi tuvo que palmotearle las nalgas para que fuera a atender a los ocho perritos vivos que ya estaban en la bodega del patio.  La Sombra obedeció.

Me fuí a la cama tan sigilosa como llegué, pensando en mi padre remojado bajo la lluvia y en los perritos que, secos y en un rincón de la bodega, iniciaban su vida en la noche del día en que mi madre tenía un año de faltarnos.

El universo que me contiene

agujero negroAyer disfruté el documental científico de Netflix Agujeros negros, al límite del conocimiento humano (2020) de Peter Galison.  Mi atención era total, entendí poco, lloré mucho. ¡Tanta maravilla!   ¿Cómo se llegó a esa fotografía de un agujero negro? ¿Hay límites para el conocimiento?  El documental es la historia de una gesta contemporánea esperanzadora.   ¡Somos capaces de hacer cosas colaborativas, de formar equipos que llevan más allá nuestras potencialidades individuales, de perseguir sueños que nos sacan de nuestras oscuridades reincidentes!

stephen-hawking_0Mientras veía el documental era consciente que, en la mesita al frente del sillón donde estaba sentada, se encontraba el libro de El universo en una cáscara de nuez de Stephen Hawking, ese mismo que durante 20 minutos leo y releo a primera hora por las mañanas o que, más bien debo decir, abro por las mañanas para meditar porque invariablemente me invita a quedarme en una de sus imágenes, o bien en una frase irónica de su autor o en otra que no entiendo pero que me sugiere no sé qué, o en un concepto al que pellizco algún borde y hasta, a veces, en la idiosincrasia del conocimiento humano, sus tropiezos y su espectacular desarrollo, representada en esa figura impresionantemente frágil de Hawking. ¿Para qué buscamos saber? ¿Por qué es tan insaciable este deseo y consecuentemente este esfuerzo humano de ir más allá? Cierro el libro y a veces me sustenta sólo poner mis manos sobre él.  Sentir cómo danzan sus letras formando un cosmos autocontenido, como hipotetiza el autor que es el universo.

¡Gracias a la vida!  ¿Qué sería mi tristeza, mi alegría, mi rutina, mis pasos, sin ese marco coreográfico expansivo que me contiene un número impronunciable de trillones de veces?  ¿Que me alberga más allá de mi comprensión? Soy fulgente, común y fugaz grano de arena en un universo vibrante que no busca nada más que ser.  ¡Gracias a los varones y a las mujeres que nos han abierto estas puertas y esta comprensión sin comprensión para mí, que tensiona mi conciencia y me redime!