La rana de cristal vive en los bosques húmedos y ríos que rodean la cuenca del lago de Nicaragua, ya adulta puede medir entre 2 y 3 cm y, si tiene suerte, vive hasta 14 años.
Soy rana de cristal, descanso sobre un clorofílico sofá de mi casita arbórea. Y acurrucada me sumerjo en el sueño como a un conocido arroyo de agua clara.
Me gusta que mis párpados se caigan poco a poco y cubran las bolitas de mis ojos saltones.
Anciana y remolona me recojo sobre mis cuatro patas y apenas me parezco a un huevo apoltronado o a una gota de agua somnolienta.
Una roja hoja del almendro de mayo en la montaña acaricia mi piel ruda y me tapa… y entonces duermo y sueño….
La libélula azul se posó en mi nariz y me despierta. Sabe que no me la comeré porque ve mi corazoncito rojo palpitando, sigue su vuelo entonces, inquieto, en el remanso, piensa que es su estanque y la dejo equivocarse un poco...
Hoy quiero estar aquí, en este punto del dosel del almendro que me regala una vista magnífica al follaje.
Siento el cálido vapor que el sol hace brotar desde la charca y pienso que estoy vieja, con dos moscas al día a mí me basta, no brinco demasiado, pero vivo sorpresas que junto a la libélula me encuentro en esos patrullajes que todavía hacemos sobre las aguas mansas.
Acuno notas musicales que se esparcen
con la lluvia de octubre
por mi casa,
mientras abrazo la palabra hermana
con todo y esa hermana muerta y viva.
Disfruto mariquitas posadas
en los arbustos de mi memoria
tanto como la salamandra
que un día Enrique escogió como mascota.
Soy fan de los pollitos picoteando sus huevos
rasgando, rompiendo, naciendo....,
y de las hormigas que en sus espaldas
cargan al mundo.
Convivo con la mirada que un día me dirigió
un monito carablanca,
y con aquel perro callejero
que al mirarlo me acercó
sus calles recorridas,
sus patas incansables, su inocencia.
Me enternece
la pelotita de la tierra
que el globo terráqueo de mi cuarto
me evoca.
No estoy lejos del punto
en que copulan meridianos con paralelos,
continentes con océanos,
ríos con tierra firme.
Con igual cariño siento la galaxia de Andrómeda
y la distancia con ella y todo,
todo lo que puedo encontrar en esa lejanía:
lluvias torrenciales, estrellas y ventiscas,
músicas
y todos los encuentros y los desencuentros
cincelando mis días.
Me es imposible prescindir
de los niños que nacen,
de los pobres que mueren,
el viento frío de la noche que llega,
el beso limpio que me dieron un día.
Y oigo mi dolor que canta su bom bom
con el instrumento de mi corazón.