Aventuras de una azucena

Para Anaí y Leo

Le dió la bienvenida
al abejón de mayo
y miró que 
en su gimnasia aeróbica la araña, hacía un guiño con sus múltiples ojos para mostrar su forma estilizada.
 A la hormiga y a la gota de agua
 que casi naufragaban
 en la lluvia,
 las rescató en un pétalo
 que fluía 
 con sendas clorofílicas
 sombrillas.




Al rayito de luz
peleado con el sol le otorgó asilo verde de lineales hojitas.
Sacudió sus raíces
riéndose a carcajadas
con todas las lombrices,
e irguió su tallo herbáceo
para ofrecer fragancia
altura y elegancia. 
Y todos sus afanes
a la tierra susurra
mientras el aire mece
su blancura
y glotones coleópteros,
felices, se rascan la barriga
en su corola.
 

La casa de la tortuga

Para Anaí y Leo

A pasitos caminaba
la tortuga por la arena
sacando su cabecita
y juntado piedras bellas.

No no no,
Si si si si.

Entre tumbos la saludan
peces-globos a lo lejos
y ven que entre risa y risa
platica con los cangrejos.

Que no que no, que si que si.

¡Que esta tortuga marina
ocupa una casa nueva
donde se aloje segura
su gran colección de piedras!

No no no no, si si si si.

Buscó y buscó por la arena
y en un rato ella encontró
un caparazón pintado
con la luna y con el sol.