Como ofrendas


Vengo del abrazo
de un hombre y una mujer
a sus treinta y pico enamorados.

El espermatozoide de ese vaqueano guapo, 
altivo, sano y bohemio 
se fusionó con el óvulo de una mujer iconoclasta, 
autodidacta, soñadora, laica.

Y nací.

Los dos protagonistas 
de esa cópula, mi cópula, 
delicioso proemio de mi vida, 
quedaron unidos por las montañas 
de su común pueblo natal, 
las rencillas familiares, 
la guerra civil primero, 
la insurrección popular después, 
los hijos, las hijas, 
los silencios y las despedidas
las necesidades y el amor.

Fueron honrados en medio de ladrones, 
íntegros en la fragmentación, 
limpios en la mugre,
disciplinados en la anarquía.  

Mi padre aportó camisas blancas mangas largas,
al paisaje de sucios y derrotados
y mi madre opuso veladas darianas
a las tardes de toques de queda.

Extendieron a su tiempo 
miradas de horizonte, 
y ambos dieron su rabia ante lo injusto
y su aprecio por todas las personas
como ofrendas para cambiar el mundo.

No hay ayeres ni mañanas,
ni vigilias ni sueños
que estén lejos de ellos.


La electricista del barrio

Redonda. Una vez casi se mata por querer remendar una instalación eléctrica en el techo de su casa. Se subió, para ello, en una mesa de madera que crujiendo le dijo Bajate, no te aguanto. También cambiaba los sockets que se arruinaban con el uso y con paciencia franciscana remendaba las instalaciones de luces que debían adornar el árbol de navidad año con año. Muchas veces también fue la electricista del barrio. Nunca hubo nada que lamentar, prueba de que en la vida suceden milagros.

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