Un excelente marido

En recuerdo al único médico en el que creía y a quien aceptaba el cascarrabias de mi padre cuando estaba enfermo.  

El doctor Sandí.  O sólo el doctorcito, como también le decían. Demasiado viejo, le pareció, a sus 63 años.  El clima caliente de la ciudad había hecho de las suyas a lo largo y a lo ancho de su piel blanca.  Piel que se esforzaba para cubrir a un hombre de 1.81 metros de estatura y 110 kilos de peso o más.  Su frente, un hashtag: dos surcos, horizontales e irregulares en profundidad, se perdían en sus sienes; y otros dos, verticales y oblicuos, cortaban casi a la mitad a los primeros y parecían terminar donde comienza a formarse el pelo de la cabeza.  El origen de esas pequeñas zanjas de su rostro, ya perdido en el tiempo, era sólo hipótesis: bien pudieron ser cicatrices de pequeñas reyertas, arañazos que dan los árboles cuando se camina por el bosque seco o cauces, aún vivos, abiertos por copiosos sudores.  O las tres cosas con alternancia.  #Soy yo.  #Tuviejoamigo.  #ElDoctorSandí. #Quiéreme. Su frente.  

Sigue leyendo

Memoria poética

Es jueves soleado.   Hay nubarrones formándose por el este.  El aguacero estará por aquí en dos o tres horas.  Con sólo esperar la lluvia ya me alegro. Hay un registro ahí, en mi memoria, que no he decodificado.   ¿Es probable que la brisa me traiga la humedad del agua del lago en cuyas cercanías nací? ¿O provenga de una memoria genética anterior, relacionada con el agua como fuente de vida? ¿Será la memoria poética una huella de amor en la memoria genética? ¿Y ese registro de identidad, pertenencia, sabrosura o qué se yo, es patrimonio universal?

Sigue leyendo