Poda

Era tiempo de poda en su casa.  Tenía razones, limpiar y ordenar, sí, pero sobre todo descubrir  lombrices, saludar a las hormigas, oir el motor que hace volar a las mariquitas, olisquear huevecillos de lagartijas.  Es decir, cambiar, partir, buscar.  Todo sin ton ni son. No sabía si despues crecerían las matas con sus flores.  Si nuevamente su jardín la expresaría.

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Un excelente marido

En recuerdo al único médico en el que creía y a quien aceptaba el cascarrabias de mi padre cuando estaba enfermo.  

El doctor Sandí.  O sólo el doctorcito, como también le decían. Demasiado viejo, le pareció, a sus 63 años.  El clima caliente de la ciudad había hecho de las suyas a lo largo y a lo ancho de su piel blanca.  Piel que se esforzaba para cubrir a un hombre de 1.81 metros de estatura y 110 kilos de peso o más.  Su frente, un hashtag: dos surcos, horizontales e irregulares en profundidad, se perdían en sus sienes; y otros dos, verticales y oblicuos, cortaban casi a la mitad a los primeros y parecían terminar donde comienza a formarse el pelo de la cabeza.  El origen de esas pequeñas zanjas de su rostro, ya perdido en el tiempo, era sólo hipótesis: bien pudieron ser cicatrices de pequeñas reyertas, arañazos que dan los árboles cuando se camina por el bosque seco o cauces, aún vivos, abiertos por copiosos sudores.  O las tres cosas con alternancia.  #Soy yo.  #Tuviejoamigo.  #ElDoctorSandí. #Quiéreme. Su frente.  

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