Dos primeros aguaceros

Estaba en el aula de clases de la Universidad, el martes pasado, y celebré con los estudiantes el primer aguacero de la temporada, mientras en el patio de invierno de mi casa se derrumbaban casi 4 paneles del cielo raso.  Al llegar me dí cuenta.   Las láminas de gymsum, esponjadas de agua y troceadas del golpetazo de la caída, se amontonaban junto a la puerta de la cocina dificultando ser abierta.  Ja, me dije, ¡no es un día para más carreras!.  Examiné todo con curiosidad y displicencia de gata.

Hoy, con el ambiente húmedo y fresquito, la agenda del día está trazada sin mayores espectáculos.  Estoy rara, como queriendo quedarme quieta, como necesitando paz, como agradeciendo, sin porqués, la vida que me tocó, como queriendo amarme, abrazarme, perdonarme, reírme.  ¡Y tampoco voy a correr!.

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