El tiempo de las rosas rojas

Relato de los últimos días de mi mamá, escrito para mis hermanas y hermanos que se encontraban en Chinandega, Honduras, Miami y Bélgica ese mayo de 1990.

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Para las angustias, para las tristezas, cuando nieva el tiempo sobre las cabezas y caen ilusiones, ese es el momento de las rosas rojas. (Rubén Darío).

Me estoy mejorando, me dijo con voz ronca.   Fue la última vez que la escuché.  No supe en ese momento que esa voz así era mejor que el silencio que le sucedería.  Era un lunes 30 de abril del año en que había ganado las elecciones presidenciales doña Violeta Chamorro y el proyecto revolucionario entraba al principio del fin.  Para mí, su muerte era el fin. 

¿Estaba triste?    Mis sentimientos burbujeaban desde un cuenco interno que tenía la profundidad de la angustia de mi madre en su lucha por sobrevivir.  Por instantes amargos, su soledad.  Sentía brutalmente la irracionalidad de la muerte, de esa muerte, de su muerte.

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Como pájaros presos

En la muerte de mi padre en 1994

Decían que era mi papá
el que yacía
en el centro de la sala
de la casa de mi infancia.

Aire, gente, flores, rezos
me lo estaban gritando
porque me puse sorda
y me quedé en silencio
con interrogaciones
que aleteaban por dentro
como pájaros presos.

Busqué en el féretro
respuestas a todo eso.

O talvez otra cosa,
algo para calmar mis manos,
oídos, corazón,
calmar mi piel,
mis ojos, mis pies,
calmar mi pelo.

Nada. Vacío.
Para encontrarnos
nada.
Para decirnos
nada.
Para reírnos
nada.
Nada para ofrecernos.

Su altivez
no cupo en el cajón funesto
y sin ella estaba despojado, feo.
No la dejó en algún rincón de la casa
que uno a uno recorrí
conmovida por la vida
y la muerte,
ese dúo cotidiano y simple
tan complejo.