Acerca de la cualquiera

Poeta y bibliotecaria y, con frecuencia, viceversa

Memoria poética

Es jueves soleado.   Hay nubarrones formándose por el este.  El aguacero estará por aquí en dos o tres horas.  Con sólo esperar la lluvia ya me alegro. Hay un registro ahí, en mi memoria, que no he decodificado.   ¿Es probable que la brisa me traiga la humedad del agua del lago en cuyas cercanías nací? ¿O provenga de una memoria genética anterior, relacionada con el agua como fuente de vida? ¿Será la memoria poética una huella de amor en la memoria genética? ¿Y ese registro de identidad, pertenencia, sabrosura o qué se yo, es patrimonio universal?

La frase de Milán Kundera (recuadro) en su más famosa obra La insoportable levedad del ser (1984) es profunda, ligera, sagrada, profana, universal y autoreferencial, todo a la vez.   Para reflexionar sobre ella sustraigo el contexto cultural y político en que Kundera escribió su novela e incluso la trama de esta y me quedo con lo que yo siento más universal.  Me quedo también con ese pendular entre peso y liviandad que siento en su texto, que es tema en la novela y que, me consta, tienen las cosas y los hechos, de modo intercambiable, a lo largo de la vida.   Peso y liviandad parecieran un ropaje que ponemos a los hechos, consciente o inconscientemente.  Quizá eso nos permite un registro inmaculado de lo esencial al recuerdo. Un registro que permite calibrar cada paso, cada vínculo, cada acto, cada circunstancia en relación con el peso en oro de lo que guarda:  la memoria poética.

Por supuesto que, aunque suene cursi, pienso que es el amor “aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida” y es claro para mí que no es un amor sexual pero sí un amor que posibilita lo sexual (en Tomás, el protagonista de Kundera, parece ser así), la creación artística, la contemplación, el desarrollo intelectual, la resiliencia frente a la desgracia, la frustración o la impotencia.  Ante las pequeñas muertes y ante la muerte.    

La memoria poética se nos estampa en la conciencia (Kundera dice en el cerebro) en ese momento de la vida en que recibimos las coordenadas de un amor salvífico. Ilumina y da sentido, es un registro que nos pertenece radicalmente.    Es el amor vivido como embriaguez o como lucidez de la memoria.

Pero es también una memoria que puede darse el lujo de relativizar (y lo hace) los hechos como un mecanismo de sobrevivencia ante la densidad de la vida y porque su punto de apoyo es sólido: el amor.  

Si este punto de partida no se tiene o no se sabe que se tiene, relativizar puede sumergirnos en una realidad fragmentada de hechos que cual pompas de jabón levitan, livianas e inalcanzables, ante nuestros ojos, alienándonos, hastiándonos. Un poco de esto pasa en la novela de Kundera, con gran paralelismo en nuestros días de relaciones líquidas y vínculos frágiles, como señala Bauman y otros filósofos y escritores contemporáneos, que ni remotamente pueden remitirnos a la memoria poética para darles un orden, un sentido.

Nota:  Este es el ejercicio 6 del Taller La palabra habitada dirigido por el escritor costarricense Rodrigo Soto.  Son tiempos de cuarentena por coronavirus.