Un excelente marido

En recuerdo al único médico en el que creía y a quien aceptaba el cascarrabias de mi padre cuando estaba enfermo.  

El doctor Sandí.  O sólo el doctorcito, como también le decían. Demasiado viejo, le pareció, a sus 63 años.  El clima caliente de la ciudad había hecho de las suyas a lo largo y a lo ancho de su piel blanca.  Piel que se esforzaba para cubrir a un hombre de 1.81 metros de estatura y 110 kilos de peso o más.  Su frente, un hashtag: dos surcos, horizontales e irregulares en profundidad, se perdían en sus sienes; y otros dos, verticales y oblicuos, cortaban casi a la mitad a los primeros y parecían terminar donde comienza a formarse el pelo de la cabeza.  El origen de esas pequeñas zanjas de su rostro, ya perdido en el tiempo, era sólo hipótesis: bien pudieron ser cicatrices de pequeñas reyertas, arañazos que dan los árboles cuando se camina por el bosque seco o cauces, aún vivos, abiertos por copiosos sudores.  O las tres cosas con alternancia.  #Soy yo.  #Tuviejoamigo.  #ElDoctorSandí. #Quiéreme. Su frente.  

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