hoy amanecí lejana, tan leve ante mí misma, tan frágil para abrir la puerta por donde saldrán mis hijos a la escuela, tan distinta a la imagen del espejo, tan extraña al desayuno hecho que sólo puedo ser una canita al aire de un minotauro con corazón de pájaro silvestre
Este gajo de gentes que llamo mi familia, resilientes migrantes en este globo errante, conserva un asidero como okupas en un rincón de mí.
Son gentes muy variadas y valientes si bien no las conozco a todas, de vez en cuando lanzan buzucasos de sangre en ruta al corazón.
Hay ancianas y jóvenes, salvajes y poetas, maestras y artesanos, alcohólicos, suicidas, médicos y dentistas, ingenieras aeronáuticas, eternas niñas viejas y muertos recordados y vivos olvidados sin que falten las guapas y los guapos y hasta los niños díscolos.
Como una nota al pie, explico: no existe en este espectro ladrones ni políticos lo cual es una dicha.
Y todos nos movemos azorados, buscándonos en otros, sin tomarnos las manos, inconexos los lazos del abrazo y latentes los vicios tan humanos que nos traen noticias a veces fastidiosas y otras veces fatales, oscuras, retorcidas, que parecen un cuento de finado Allan Poe.
Y somos un pueblo itinerante, un grito suelto, un puño de apellidos diversos que, por los parajes que dejamos atrás, nos sabemos una mansa parentela que en delirantes éxodos camina con recato por la tierra.