Pequeños hallazgos en Semana Santa

Ayer le conté a mi nieto Leo, de 6 años, el significado de la Semana Santa.  Más o menos.  Por más sencillo que quise hacerlo, me llevé la sorpresa que él no entendió lo de los “poderosos y malos” que mataron a Jesús.   Y me decía que “los malos no pueden ser poderosos” porque “los buenos son más poderosos”.   Fue complicado explicarle eso…quedó un vacío de información que retomaré en algún otro momento de su desarrollo. O del mío.

No sé cómo aterrizamos en la parábola del sembrador que contaba Jesús y que le simplifiqué en tres escenarios donde pudieron caer las semillas.  Después él, a su manera, replicó la historia a su amiga Erika mientras yo también le escuchaba.  Había entendido la parábola del sembrador tan bien que hasta hizo adaptaciones que me sorprendieron: las semillas que cayeron en pedruscos, donde le había dicho que no prendieron por falta de raíz, él dijo que ahí, entre piedras, las semillas habían formado musgo; las que cayeron en tierra desértica donde, según mi versión, tampoco habían prosperado, él comentó que las semillas esperaron y esperaron la lluvia para luego brotar y convertirse en pequeños arbustos mientras que, las que cayeron en tierra húmeda….bueno, aquí las versiones de ambos eran más similares, aunque el relato del niño superó con creces el mío al describir abundantes árboles y flores en los que se convirtieron aquellas benditas semillas…..

Decidí quedarme, esta semana santa, con esos dos hallazgos surgidos de mi sorpresa ante la versión libre de Leo: primero, que los buenos son más poderosos que los malos (casi un mantra que repito en silencio, en esta época oscura de «señores de la guerra» hablando de paz) y, segundo, que todas las semillas prenden, de algún modo se las arreglan, unas solo lograron ser musgos y otras esperaron la lluvia y, las últimas, fueron pródigas y bellas al hacerlo….

El niño especial de la ruta Moravia

en el bus de la mañana
sentado detrás mío
un niño con síndrome de down
gritaba !parada!
con su voz explayada
como baba que untaba en nosotros,
los pasajeros de la ruta
moravia

a su lado
una mujer reprendía:
¡ya,
cállese,
el chófer sabe,
falta mucho!

su tono era violento

el niño seguía
gritándonos ¡parada!
con su baba

todos volvían a verlo,
azorada la mujer presionaba
y a cada presión suya
venía otra ¡parada!
más inocente y brava

la parada no llegaba

no me volví para verlos,
así evitaba la congoja
de una mirada más a la señora
mientras contenía
esas ganas insólitas
de abrazar aquel niño
unir a su voz la mía
y hacer un coro de la ruta moravia
que sólo repitiera
¡parada, parada, parada!,
las veces que él quisiera
hasta que el bus parara