El año del pensamiento mágico de Joan Didion

Joan DidionLos libros buenos transforman la vida de quienes los leen.  En algún sentido o en muchos.  Si no pasa esto, leerlos es una pérdida de tiempo, eso decía de manera muy bella el místico y poeta persa Rumí.  Este poder abrazador de la lectura, mágico si lo queremos ver así, en algunos libros se hace presente desde su inicio, en otros sentimos esa fuerza al pasar la última página y aspirar una profunda bocanada de aire como diciéndonos qué dicha que este libro cayó en mis manos, me encanta haberlo comprado o qué maravilla que lo me hayan prestadoEl año del pensamiento mágico de Joan Didion (Sacramento 1934-Manhattan 2021) deja ese impacto en el cuerpo, nuestro lugar de magia.

Conocí a esta autora luego de su muerte por un artículo en El País y oí que su libro era un testimonio de su proceso de duelo desde la no fe, la no religión diría yo después de leerla.   Y diría que es mucho más que eso.  Diría que es un libro mágico desde la claridad y la honestidad sin límites de sus palabras y en toda su extensión.   Lo que más me impactó de su lectura fue eso que por cierto ni se nombra: la magia que se coló en el texto mayoritariamente formado por precisiones de hechos, lugares, fechas.  La magia como sinónimo de lo no explicable, la que se nos filtra en cada circunstancia nos demos cuenta o no porque sencillamente está ahí, nos sostiene.  La Didion se da cuenta.  Y de eso habla cuando se topa con los pequeños ritos que hilvanan su proceso de duelo por su esposo, el escritor John Gregory Dunne (1932-2003), con quien estaba casada desde 1964.

La muerte es un hecho físico y no.  Lo descubre con el acta de defunción de su marido en las manos y el exhaustivo informe forense que lograba comprender mejor que cualquier persona promedio porque había estudiado todo sobre ello, incluyendo largas consultas a los médicos; todo estaba ahí, era claro, su marido estaba muerto, ella misma había asistido a sus funerales y, sin embargo, guardaba celosamente las pantuflas por si un día regresa.  Es la magia que trasciende el conocimiento y que coloca certeramente en muchos lugares de su texto, la que nos pone frente a un nosotros mismos que a veces queremos olvidar y que se posiciona como sobreviviente omnisciente y nos hace también, sobrevivientes de duelos.  La magia que en su libro no se expresa como en la varita de la Reina Mab de La copa de las hadas de Rubén Darío sino en las pantuflas usadas por su marido.

Y es así como transita su duelo, un duelo que termina afirmando la vida porque a los muertos hay que soltarlos para poder vivir.

La taza de la Nana

manzana azul

Taza de la Nana al frente

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Manzanas de Picasso

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Manzanas de Van Gogh

Esa taza es bonita.  De porcelana fina, pequeña; sobre un fondo blanco está grabada una manzana azul al frente y una roja atrás, ambas unidas a sus pedúnculos y algunas hojas verdes, esto, por supuesto, si decido que el asa está a mi derecha.

Los trazos de esas manzanas son un tanto cubistas, más cercanos a las manzanas de Picasso que a las de Monet o las de Van Gogh.  Soy atrevida al decirlo, tanto como mi hijo menor cuando de pequeño decía que podía imitar a Picasso en sus dibujos.  Recuerdo que dije en mi interior qué atrevido.

La historia de la taza es más larga que los once años que lleva en mi familia, los mismos que tiene de muerta la hermana que me la regaló.   Si agrego tres años anteriores, digamos, son catorce años desde que salió de los hornos de cerámica de Studio Nova en Malasya, como se registra en su base.  ¿Qué son catorce años en la vida de una taza?  En este momento de descarte y cambio que vivimos, de novedades futiles, de estridencias luminosas, de la cotidianidad líquida de Bauman, ¡por supuesto que es mucho tiempo!

manzna roja

Taza de la Nana por atrás

Enero de 2011.  Las hermanas y hermanos asistimos a los funerales de Abelino, mi hermano mayor.  Fue en Chinandega.  Después de reposar unos días en mi casa en San José viajé a Miami para estar con mi hermana la segunda.  Su debilidad del hígado ya era visible en su piel y en sus pupilas.   Hablamos.  Reímos. Lloramos al hermano.  Tomó café en esa taza.  Yo dije qué linda taza.   No sabíamos que también nos despedíamos porque ella murió tres meses después.  Cuando preparaba mi regreso, la puso en mi equipaje.   Así llegó la taza hasta mi casa.  Con su impecable estética y utilidad tomó un lugar central en el rito matutino del cafecito caliente.  En 2018 pasó a la cotidianidad de mi hijo el menor, el que decía que podía imitar a Picasso.   Ahí estaba estos días que la encontré en su escritorio aún con restos de café.  Y como claramente no la mató ni el tiempo ni la ausencia, Me llevo esta taza, le dije a mi hijo, Es la taza de la Nana.

Fuerte y frágil, la taza.   Como la hermana que me la dio es sobreviviente, una emigrante que, como ella, ofrece su utilidad hasta el último momento y explotará en mil pedazos cualquier día.  Me sorprende, además, que sea un hilo del que puedo tirar para hilvanar mi vida.   Su poder de evocación la ubica en ese universo de las pequeñas cosas que me dejó un tiempo de rosas y que en mi casa forman una red intrincada de sentido.  El sentido que me acercar un poco a quién soy.