estoy pidiendo fuga como quien pide pan o talvez lluvia
estoy deseando fuga con todo mi fervor como deseo amor
una fuga completa de mí misma la que dicen que soy y que no soy y soy
este punto, esta línea, este color exacto, este lugar, la hora, esta huella pequeña me mantienen la vida constreñida, mi rostro está perdido de andar tanto cansado y escondido
yo quiero un rostro en fuga, veloz, advenedizo, que a veces insinúe y por favor que calle, que calle y que bendiga
Este gajo de gentes que llamo mi familia, resilientes migrantes en este globo errante, conserva un asidero como okupas en un rincón de mí.
Son gentes muy variadas y valientes si bien no las conozco a todas, de vez en cuando lanzan buzucasos de sangre directo al corazón.
Hay ancianas y jóvenes, salvajes y poetas, maestras y artesanos, alcohólicos, suicidas, médicos y dentistas, ingenieras aeronáuticas, eternas niñas viejas y muertos recordados y vivos olvidados sin que falten las guapas y los guapos y hasta los niños díscolos.
Como una nota al pie, explico: no existe en este espectro ladrones ni políticos lo cual es una dicha.
Y todos nos movemos azorados, buscándonos en otros, sin tomarnos las manos, inconexos los lazos del abrazo y latentes los vicios tan humanos que nos traen noticias a veces fastidiosas y otras veces fatales, oscuras, retorcidas, que parecen un cuento de finado Allan Poe.
Y somos un pueblo itinerante, un grito suelto, un puño de apellidos diversos que, por los parajes que dejamos atrás, nos sabemos una mansa parentela que en delirantes éxodos camina con recato por la tierra.