Ayer visité a una amiga muy enferma, me pasé con ella toda la tarde y parte de la noche. Siempre me cuesta ir a verla y, en esta ocasión, no sabía qué le diría, cómo la abrazaría, si nos reiríamos o hablaríamos como antes, no sabía nada…. La mayor parte de mi visita fue en silencio; un silencio cómodo para ambas en el que nos sentimos vulnerables mortales… o algo así, sustancioso, delicado; a cierta hora de la noche le dije que si ella quería yo me podía ir para que ya durmiera…. Balbuceó con dificultad un quédate más. Quédate más. Fueron dos palabras con las que adelantaba lo que hacía rato mi corazón gritaba y mi boca callaba, quédate más era justo lo que quería decirle, pero no estaba segura si, al hacerlo, mi voz delataría mi temor a su muerte y, peor aún, un responsabilizarla -a ella, así de frágil- por mantener la vida que nos fue prestada y nunca nos dijeron cuánto rato. La dejé hasta que la enfermera le dió sus medicamentos de la noche y le puso pijama para acostarla… quizá ambas experimentamos esa misericordia que une corazones y nos da aliento, al menos para enfrentar los avatares, al menos para aceptar o protestar porque el quedarnos más no depende de nosotros, si no de ese poder vital que nos prestó el aliento y que también nos trasciende. ¡Ay, Dios mío, si existís, damos la mano y, si no existís, también danos la mano!. ¡Ojalá así sea!
Quédate más
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