Este gajo de gentes

Este gajo de gentes 
que llamo mi familia,
resilientes migrantes
en este globo errante,
conserva un asidero
como okupas
en un rincón de mí.

Son gentes muy variadas
y valientes
si bien no las conozco a todas,
de vez en cuando lanzan
buzucasos de sangre
en ruta al corazón.

Hay ancianas y jóvenes,
salvajes y poetas,
maestras y artesanos,
alcohólicos, suicidas,
médicos y dentistas,
ingenieras aeronáuticas,
eternas niñas viejas
y muertos recordados
y vivos olvidados
sin que falten las guapas
y los guapos
y hasta los niños díscolos.

Como una nota al pie, explico:
no existe en este espectro
ladrones ni políticos
lo cual es una dicha.

Y todos nos movemos azorados,
buscándonos en otros,
sin tomarnos las manos,
inconexos los lazos
del abrazo
y latentes los vicios tan humanos
que nos traen noticias
a veces fastidiosas
y otras veces fatales,
oscuras, retorcidas,
que parecen un cuento
de finado Allan Poe.

Y somos un pueblo itinerante,
un grito suelto,
un puño de apellidos diversos
que, por los parajes que dejamos atrás,
nos sabemos una mansa parentela
que en delirantes éxodos
camina con recato por la tierra.

Quédate más

Ayer visité a una amiga muy enferma, me pasé con ella toda la tarde y parte de la noche. Siempre me cuesta ir a verla y, en esta ocasión, no sabía qué le diría, cómo la abrazaría, si nos reiríamos o hablaríamos como antes, no sabía nada…. La mayor parte de mi visita fue en silencio; un silencio cómodo para ambas en el que nos sentimos vulnerables mortales… o algo así, sustancioso, delicado;  a cierta hora de la noche le dije que si ella quería yo me podía ir para que ya durmiera…. Balbuceó con dificultad un quédate más.    Quédate más. Fueron dos palabras con las que adelantaba lo que hacía rato mi corazón gritaba y mi boca callaba, quédate más era justo lo que quería decirle, pero no estaba segura si, al hacerlo, mi voz delataría mi temor a su muerte y, peor aún, un responsabilizarla -a ella, así de frágil- por mantener la vida que nos fue prestada y nunca nos dijeron cuánto rato.   La dejé hasta que la enfermera le dió sus medicamentos de la noche y le puso pijama para acostarla… quizá ambas experimentamos esa misericordia que une corazones y nos da aliento, al menos para enfrentar los avatares, al menos para aceptar o protestar porque el quedarnos más no depende de nosotros, si no de ese poder vital que nos prestó el aliento y que también nos trasciende.  ¡Ay, Dios mío, si existís, damos la mano y, si no existís, también danos la mano!.   ¡Ojalá así sea!