Como el mundo que piso
también tengo un principio
al que, a veces,
acudo como al teatro
donde aprecio de nuevo
la loca formación
de mis intestinos tardos
y de mi corazón,
timonel atrevido
con su bom bom,
casi siempre festivo.
Mis ovarios
hoy vagan desquiciados,
pero fueron dos tomatitos tiernos
que asomaron entonces
nuevecitos e inquietos.
Y de todas direcciones
intangibles como ellos,
surgieron sentimientos
que igual a cachorritos
aún me lamen por dentro.
Hoy conozco la gesta
de cada una de mis canas,
del enano cangrejo
que hace ruido en mi frente
y del callo en mi dedo meñique
del pie izquierdo,
rugoso como cría
de un lagarto pigmeo.
Observo cómo el sol
ha dejado sus besos en mis manos,
el bloqueo preciso de mis nervios,
y esa laxitud que sin rubor se expresa
en mis piernas y brazos.
Y, a mis setenta y dos,
avanzo
hacia yo no sé cómo se llama
y junto a todo eso
hoy celebro el concierto
de todo ésto.
Eso y ésto a mis 72
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