Abelino Martínez Cuarezma detuvo su caballo y lo amarró al árbol de nancites. Se arregló el cuello de su camisa manga larga blanca y volvió a revisar sus bolsillos. «Son pocas monedas», se dijo.
Entonces la gente empezó a salir de misa. El atrio se iba llenando de mujeres y hombres bien trajeados; ellas arreglándose sus chalinas y carteras, mientras algunos varones se acomodaban el sombrero en la cabeza.
Una suave neblina dejaba sentir el viento fresco que venía de la montaña.
Abelino no estaba viendo a esas personas, solo esperaba una figura: esa muchacha que lo tenía pensativo desde hacía varios días. Y sí, ahí venía ella, a paso lento, con su vestido celeste, sus ojos verdes y sus colochos claros.
Él se acercó más y le habló. Amadita aceptó la invitación a la cafetería improvisada en la acera de la iglesia, que tenía seis sillas y una mesa donde vendían «chicha helada».
Se sentaron.
—¿Y vos también vas a tomar un vaso? —le dijo ella.
—Acabo de desayunar —fue la respuesta.
Amadita tomó su último trago y él preguntó si quería otro vaso.
Por su mente pasó una frase: «Que no pida más, que no pida».
Ella agregó: —No, gracias. Y sonrió.
Abelino sintió que el aire llegaba a sus pulmones y pudo respirar de nuevo.
