Unas cuantas monedas / por Karen Martínez Rocha

Abelino Martínez Cuarezma detuvo su caballo y lo amarró al árbol de nancites. Se arregló el cuello de su camisa manga larga blanca y volvió a revisar sus bolsillos. «Son pocas monedas», se dijo.

Entonces la gente empezó a salir de misa. El atrio se iba llenando de mujeres y hombres bien trajeados; ellas arreglándose sus chalinas y carteras, mientras algunos varones se acomodaban el sombrero en la cabeza.

Una suave neblina dejaba sentir el viento fresco que venía de la montaña.

Abelino no estaba viendo a esas personas, solo esperaba una figura: esa muchacha que lo tenía pensativo desde hacía varios días. Y sí, ahí venía ella, a paso lento, con su vestido celeste, sus ojos verdes y sus colochos claros.

Él se acercó más y le habló. Amadita aceptó la invitación a la cafetería improvisada en la acera de la iglesia, que tenía seis sillas y una mesa donde vendían «chicha helada».

Se sentaron.
—¿Y vos también vas a tomar un vaso? —le dijo ella.
—Acabo de desayunar —fue la respuesta.

Amadita tomó su último trago y él preguntó si quería otro vaso.
Por su mente pasó una frase: «Que no pida más, que no pida».
Ella agregó: —No, gracias.  Y sonrió.
Abelino sintió que el aire llegaba a sus pulmones y pudo respirar de nuevo.

Los que escucharon a Amadita / poema de Karen Martínez Rocha




La oíamos recitar a Neruda,
mientras el aroma del pan se colaba
por la casa desde el horno.

En una esquina de la sala,
los ovillos esperaban convertirse en un suéter,
y esa magia sería entre sus dedos.

La lluvia bajaba por las tejas
y el patio olía a tierra mojada
y entonces aparecían lienzos de colores.

...Y estaba, en ese improvisado
festival artístico:
La muchacha con el corazón roto.
La vecina que buscaba una receta.
Quien necesitaba aprender a tejer.
Algún jóven en busca de un episodio
de la historia mundial.
O alguien que simplemente quería estar ahí.

Nadie salió de aquella casa con las manos vacías.
Lo que ella tocaba, alimentaba cuerpo y alma.

Y algo cambió para siempre
en quienes escucharon a Amadita.