Canita al aire

Escrito en 1994
hoy amanecí lejana,
tan leve ante mí misma,
tan frágil para abrir la puerta
por donde saldrán mis hijos
a la escuela,
tan distinta a la imagen
del espejo,
tan extraña al desayuno hecho
que sólo puedo ser
una canita al aire
de un minotauro
con corazón
de pájaro silvestre

una canita al aire
del destino

Este gajo de gentes

Este gajo de gentes 
que llamo mi familia,
resilientes migrantes
en este globo errante,
conserva un asidero
como okupas
en un rincón de mí.

Son gentes muy variadas
y valientes
si bien no las conozco a todas,
de vez en cuando lanzan
buzucasos de sangre
en ruta al corazón.

Hay ancianas y jóvenes,
salvajes y poetas,
maestras y artesanos,
alcohólicos, suicidas,
médicos y dentistas,
ingenieras aeronáuticas,
eternas niñas viejas
y muertos recordados
y vivos olvidados
sin que falten las guapas
y los guapos
y hasta los niños díscolos.

Como una nota al pie, explico:
no existe en este espectro
ladrones ni políticos
lo cual es una dicha.

Y todos nos movemos azorados,
buscándonos en otros,
sin tomarnos las manos,
inconexos los lazos
del abrazo
y latentes los vicios tan humanos
que nos traen noticias
a veces fastidiosas
y otras veces fatales,
oscuras, retorcidas,
que parecen un cuento
de finado Allan Poe.

Y somos un pueblo itinerante,
un grito suelto,
un puño de apellidos diversos
que, por los parajes que dejamos atrás,
nos sabemos una mansa parentela
que en delirantes éxodos
camina con recato por la tierra.