Sexismo y discriminación en la Universidad. Reflexión al inicio del ciclo lectivo 2018

Las fotos que ilustran este artículo me las envió una amiga a finales del año pasado, muestran varios carteles pendiendo de un alambre, a modo de exposición, en pasillos de la Facultad de Bellas Artes. Los colgaron agarrados con prensas para ropa.   Encontré simbolismo en la imagen de ropa tendida.  Ropa que lavamos para que sea vista, ropa a la que quitamos lo sucio, o algo de lo sucio.   Eran carteles que denunciaban acoso, frases sexistas que las estudiantes hacían públicas de ese modo, una forma de denuncia social, la visibilización de una manera de violencia sexual en esa Facultad.  Uno de los carteles decía: “Un profesor me dijo que estaba delgada, pero que aun así estaba rica”.   En otro se podía leer: “Un profe de dibujo me escribía en la madrugada para decirme “qué linda que estás en tu foto del WhatsApp”.   Y pareciera que no ha pasado nada.  Hasta habrá personas que piensen que es imaginación de las chicas.

Ahora, al menos en el WhatsApp, que no es el único espacio de acoso, quedan pruebas del mensaje, por si la persona aludida quisiera denunciar.   Pero hay muchos otros factores que hacen falta para que esto suceda. Algunos de esos factores son:

  • el ambiente en la propia facultad,
  • el poder que dentro de ella ostenta el acosador,
  • el apoyo de las amigas y los amigos de la persona denunciante,
  • el desconocimiento, mayor o menor de las instancias académicas, del proceso a seguir con una denuncia y la tendencia, que aún existe, a inventar un procedimiento que no corresponde.

Y podríamos seguir hablando de otros espacios donde se evidencia el sexismo en la Universidad.   Por ejemplo, en la Facultad de Medicina, estudiantes mujeres y hombres, a mediados del año pasado, produjeron un video para denunciar expresiones sexistas que se dan en su cotidianidad.  Se llama Campaña de los Estudiantes de Medicina contra el hostigamiento y acoso sexual: “la ortopedia no es una especialidad para mujeres”, “ahora estudian medicina más mujeres bonitas” son algunas de las expresiones que se escuchan en el día a día y que se denuncian en el video.   Y, en la Facultad de Derecho, recientemente, se ventilaron por parte de estudiantes una cantidad de mensajes, directos e indirectos, de abuso sexual y sexismo de parte de algunos profesores con mucho poder, no sólo dentro de la U sino fuera, en el sistema judicial de este país.

El sexismo en la U no se mueve solo, no es una entelequia.  Lo dinamizamos las personas en una urdimbre donde convergen los recursos de los que disponemos (materiales y simbólicos), y los mecanismos que elegimos para darle las expresiones que finalmente adopta: acoso callejero, acoso sexual, violencia contra las mujeres, violaciones sexuales, subvaloraciones y discriminaciones, feminización versus masculinización de espacios de aprendizaje.   Todo eso permite su reproducción, legitimada por el machismo que viene desde los tiempos patriarcales y se profundiza en la cultura para, finalmente, sedimentarse en la conciencia de cada una de las personas.

Estamos de acuerdo en que la Universidad, la academia, es un espacio social privilegiado por las dinámicas que se establecen alrededor de la producción del conocimiento y la generación de una conciencia crítica.  No obstante, en relación a lo primero cabe la pregunta ¿es un conocimiento para trasformar o para perpetuar la realidad que vivimos?  Y en cuanto a lo segundo también podemos afirmar que en la U y desde sus espacios de aprendizaje, se puede contribuir tanto a una conciencia crítica como a una sexista.

La U no sólo es sexista (todas sus dinámicas se dan en marcos de relacionamientos sexistas), sino que genera sus propios mecanismos de perpetuación de roles y estereotipos sexistas y, por supuesto, sus modos particulares de perpetuarlos.  Las consecuencias sobre la población de mujeres y sobre la convivencia social al interior de los espacios que facilita, también son específicas.  Consecuencias que son de carácter epistémico, político y ético, como bien se ha señalado en foros del CIEM el año pasado.

O sea que podemos decir que la U es un espacio privilegiado para el pensamiento y para la acción, feminista o sexista. Estudiantado y profesorado “habitamos” por muchos años sus oficinas, sus aulas, sus pasillos, sus auditorios…somos población cautiva para aprender a ser críticos y propositivos y, también para fortalecer roles y estereotipos sexistas.   Desde el CIEM queremos que sea un aprendizaje para la acción feminista.

Por eso la pregunta es qué haremos.   Una pregunta mucho más difícil de responderse como mujer en una comunidad urbana o rural, como paciente interna en un hospital de la Caja, como transeúnte por las calles cercanas a la Coca Cola, como usuaria de una ruta de buses, como trabajadora doméstica, como vendedora en el mercado central.  Pero una pregunta necesaria y urgente desde nuestra posición de privilegio en la academia seamos docentes o estudiantes.

Es cierto que en la Universidad nos hace falta investigar más y mejor, así como divulgar más ampliamente los contenidos de lo que investigamos, todavía hay que poner nombres y develar mecanismos de formas de violencia y sexismo con las que convivimos y que aún no nos enteramos porque se dan en entramados, a veces, sutiles.  Pero también es cierto que ya disponemos de datos y conocimientos para actuar, para cambiar cambiando, para acompañar procesos.  Tenemos elementos importantes de una política de equidad de género en la U, a través del Estatuto Orgánico, Acuerdos de Consejo Universitario, Resoluciones de Rectoría y Vicerrectorías, en las que podemos apoyar el desarrollo del pensamiento y la acción.

Mi cuñada, el chanchito y el mercado

El mercado de Chinandega es un gran pulpo que parece crecer solo.    No obstante, sabemos que son las personas con sus chunches quienes lo hacen ensancharse a lo largo y ancho de la ciudad.  Y caotizarse cada vez más.  Me pregunto si el mercado es una suerte de representación del mundo interior de los nicaragüenses que viven en esa parte del país: colores alegres y frutas deliciosas conviven con mugre, cachivaches y calor en un hacinamiento de gentes y animales muertos y vivos.

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