La muchacha


migrante
por el mundo errante,
a todo su planeta
abraza con sus cuidos

su hábitat, el milagro
su vestido, el silencio
su quehacer,
una búsqueda incierta

acostumbrada
al tiempo del yigüirro,
cada amanecer es un presagio
despertándola leve
a vivir su naufragio

y empiezan sus colinas,
sus valles y sus cuencas
a convocar la magia de la vida

y sus sentidos ácimos
viven su incompletud
un nuevo día
y se templan perdonándolo todo,
hasta el abismo,
mientras fluye el amor
tumulto bulla
fanfarroneando ebrio
de sus mejores vinos

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