La oíamos recitar a Neruda,
mientras el aroma del pan se colaba
por la casa desde el horno.
En una esquina de la sala,
los ovillos esperaban convertirse en un suéter,
y esa magia sería entre sus dedos.
La lluvia bajaba por las tejas
y el patio olía a tierra mojada
y entonces aparecían lienzos de colores.
...Y estaba, en ese improvisado
festival artístico:
La muchacha con el corazón roto.
La vecina que buscaba una receta.
Quien necesitaba aprender a tejer.
Algún jóven en busca de un episodio
de la historia mundial.
O alguien que simplemente quería estar ahí.
Nadie salió de aquella casa con las manos vacías.
Lo que ella tocaba, alimentaba cuerpo y alma.
Y algo cambió para siempre
en quienes escucharon a Amadita.