El sol sale al este.
Estaba frente al sol. A la izquierda el norte, a la derecha el sur. Eso le había enseñado su hijo el menor para ayudarle en su desubique, esa manera tan suya de ser y estar, vivir y convivir, sentirse. En su casa, entonces, el invernadero estaba al noroeste del terreno, la huerta al sureste. En la ciudad, a donde poco iba, las avenidas corrían de este a oeste, las calles de norte a sur. No debía olvidarlo, no quería seguir pareciendo chiquilla tercermundista en un cuerpo de adulta menopáusica. Sigue leyendo
