A veces parezco una cigarra
que emerge del silencio de la tierra.
Sin dientes, fea,
pero crocante y apetitosa,
¡soy blanco fácil de depredadores!.
¡Y sólo tengo para sobrevivir un canto,
intenso, que otras cigarras oyen!.
Cigarra
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A veces parezco una cigarra
que emerge del silencio de la tierra.
Sin dientes, fea,
pero crocante y apetitosa,
¡soy blanco fácil de depredadores!.
¡Y sólo tengo para sobrevivir un canto,
intenso, que otras cigarras oyen!.
Para Anaí
Erase un domingo de luz
y mosquitos felices.
Unos rondaban por las manzanas
y otros hacían bulla alrededor
de la trenza de cebollas
y restos de lechuga en la cocina.
Artistas consagrados de la vida
bailaban los mosquitos
en espectacular coreografía,
bastante lejos de las telas de araña,
del tarro verde del insecticida,
del estridente plaf
de unas manos homínidas
y del chirrear
de eléctricas raquetas asesinas.
Moscas, moscos, mosquitas y mosquitos
disponían sus almitas traviesas
a vivir su eternidad de un día.
Un poquito soñaban y otro poco reían.
Conectados, activos, familiares, risueños.
Hacían sus orgías esperando a Anaí,
una niñita que al llegar a la casa les decía:
“Hola mosquitos, ¿quieren un besito?.
¡Ya llegó la princesa de sus sueños
a agradecerles tanta algarabía!.”