Grito de los sonidos

ardilla Todo sonaba húmedo y espeso.  Muchas lianas se movían a capricho del viento.  Los ojoches, jaúles, robles y caobillas sacudían la humedad del rocío y una que otra enredadera, cruzada en su camino, alimentaba musgos y bromelias dormidas.  No estaban las ardillas ni los chichiltotes, pero se presentían.  Una rana saltó y otra también, la libélula voló en un santiamén,  ambas hacia  ese gran destino de su charco y su vida.  Era un blues que llegaba hasta ella desde sus verdes, rojos, locos, amarillos, blancos y cafeces cuerpos.

Caminaba hacia el rio.

Lanzó un ahhhhhhhhhhhhhahhhhhhhhhh gutural y salvaje.  Primordial y salvífico, colorido.   Su grito se mezcló con la montaña y su fondo sonoro de lánguidas cigarras.  Celebraba estar en ese justo ahí de lucidez y magia, absorta en el misterio de sentir o existir,  daba lo mismo.

Había llegado pesadamente, con fardos de temores insanos y culpas incrustadas en el cuerpo. Sólo un grito faltaba para expiarlos.  Y ese grito era ese, el que ella oía, el mismo que salía estrepitosamente del fondo de su vida, era suyo su grito y lo sabía.

Ya pasó, tranquilo corazón mío de mí, corazón de mi vida, -se decía-. Y es que las traiciones no se clasifican en tamaños ni estilos, no conocen del tiempo, no son fraccionables –repetía-.  Son solamente lo que son, heridas que se hacen en el alma en este friccionarnos en la vida, meteoritos que irrumpen, dejan huellas y una estela en el tiempo de dolor y agonía, impactos que reorientaban los pasos balbuceantes de su vida.   Y si hablaba de amor, más todavía.

Quizá por eso se encontraba perdida. Poco a poco se ponía pesada, los nervios le dolían, y la vida seguía.    Y mientas más seguía, como una muletilla, como un rezo la mujer musitaba: ¡rana3ay, cómo necesito la alegría!.

Por un ratito bueno ahora se encontraba en ese justo ahí frondoso y vivo, confluyendo y fluyendo con la rana la amiga, con la hormiga el amigo, con la abeja y la hoja, con la hermana y el hijo, con la piedra y el río, con los vivos los muertos, el trabajo cercano y la estrella furtiva. Había llegado justo ahí, comenzaba a ser libre.   ¿Quizá fue su cansancio, su guía, su cansancio? -lo pensaba-.   Y también esa su necesidad de la alegría.

La vida tiene sutiles mecanismos e innombrables atajos, bifurcados caminos.  Y estaba justo ahí, donde encontró su grito transmutado en un coro feliz de los sonidos.

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