La charitín

charitin4La Paz Centro es un pueblo plano y pobre a la mitad de mi destino, que con la ebullición de mis recuerdos en ese calor, no tiene más de los 132 kilómetros que dista Managua de Chinandega.

Puedo decir pocas cosas de La Paz Centro porque en realidad, aunque he pasado un montón de veces, no me he detenido a observar.  Encontraba algo extraño que me inhibía mirar con detenimiento.  No sé si era una cierta sensación de calor con suciedad, más algunos hombres y mujeres andrajosos deambulando sin que yo entendiera, o ese ser pueblo sin pudores, junto al camino, manoseado por todos los que van y los que vienen.

charitin3Ahí vivía la Charitín.  Chiquiona, nalgolcita, apetitosa y coqueta, todos sin excepción la observaban por distinta y, yo diría, bella.   Lo que más me gustó fue esa extraordinaria manera de aceptar su vida como un límite, que en realidad era síntesis y evidencia de falta de pudor y de inocencia.   Y no se sabía si su estampa era producto de una raza superior o de una degeneración genética.  Se exponía sin ningún  artificio, como si ese fuera su destino, y eran los demás los que construían sus propias distancias, porque les resultaba raro y sospechoso verle el alma lustrosa y sana untada en la piel de poritos perfectos y lisos.  Enseñaba su belleza y su fealdad como la misma cosa, ella misma, serena y claramente, y para entenderla había que cambiar la visión de la realidad, quererla.

Su caminar, pausado y elegante, reconociéndose a sí misma en un mundo donde nadie se le parece, me atrajo y fue suficiente motivo para admirarla, escribir su nombre y pensarla.

No parecía tener problemas sentimentales.  Comunicativa y amplia llevaba la vida normal de una adulta en su comunidad.  O al menos lo parecía.  Supe también que era virgen y entonces admiré más el misterio de su vida.  Significaba que nunca iba a calentar el nido y coger calentura por 21 días hasta que salten 20 o 30 pollitos diciéndole pio pio, y tampoco su estirpe iba a ser medida por el número de huevos puestos en la vida.

Todas las gallinas con las que convivía tenían buenos records, de 40, 50 y hasta 60 huevos que empollar cada dos meses y, entre ellas, la Charitín se desenvolvía y asumía los códigos sociales impuestos como levantarse al alba y acostarse apenas se pone el sol.  Durante el día buscaba lombrices, gusanitos o cereales junto a las demás, o se introducía sin preámbulos ni ritos en el ambiente de los gallos donde su presencia transcurría sin interrupciones.  Quizá por respeto o porque la veían rara, situación que la Charitín vivía con una altanería de princesa.

Con plumas hubiera sido una gallina mediana de 1 o 2 libras de peso, pero así como la conocí, apenas llegaba a los 30 centímetros de alto.  Sus únicas plumas las tenía alrededor del pescuezo y eran rojas, como su carne traslúcida que también dejaba verse; no era chiriza, ni chiricana, lo que le hubiera permitido saberse igual a otras, aunque no estuvieran cerca.  Su situación impúdica era escandalosa y hasta el pulloncito del almizcle se le observaba completo.

Consideré que era difícil ser gallina en esa situación de desamparo existencial y,  junto a la Charitín, admiré a su dueña, señora bondadosa que la quiere especialmente entre todas sus demás gallinas con plumas, y la cuida mucho para poder burlar a los ladrones del pueblo que ven en ella un plato delicioso y casi listo porque no tienen ni que desplumarla.

Pasan los años y van quedando en mi memoria las cosas más preciadas.  Ahí se instaló la Charitín.

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