Cronología de mi asombro

En 1992, recién llegada a Costa Rica, comencé a reunirme, y lo seguí haciendo por más de 15 años, con un grupo de mujeres en casa de mi amiga Deyanira, en Guadalupe.  Vane, Rocío, Maru, Locha, Marielos, Margarita, Lorena.  Hablábamos de platillos voladores, estrellas furtivas y planetas ignotos. Lo llamamos el grupo de las platis.

Con mi amiga nos ocupaban, además,  los procesos políticos centroamericanos, la situación de las mujeres, la literatura con sus nóveles y novelas, la poesía y las vicisitudes de la bibliotecología, nuestra profesión.  Con el grupo buscábamos ovnis.  Algunas para encontrarlos de verdad y otras, como yo, para travesear misterios y reirme mientras lo hacía.

Y es que reírse es un modo de percibir, un lenguaje primordial que nos acerca mundos que nos desbordan, realidades más ricas que nuestro entendimiento, lo sabe bien don Quijote de la Mancha.  Y a mi todo eso me sobrepasaba.  ¡Hasta la alegría de mis amigas!.   Esa risa, lo sé porque era la mía, esperaba ser sustituida por el asombro de encontrarme cara a cara con un extraterrestre en su nave.  ¿Sucedería, podríamos comunicarnos de ser así, cómo sería finalmente?.

Los ovnis, sus tripulantes y los mundos de donde partirían están ahora, más de dos décadas después de aquel inicio, (¿o hubo un antes del inicio?) en un espacio mayor de mi conciencia, abierta a zarpazos por la ciencia popularizada, a su vez, por libros  como El cosmos de Carl Sagan o la Historia del Tiempo de  Stephen Hawking.  Y también por esos programas de Discovery sobre la historia del universo y de la tierra de los que tanto he conversado con mi compañero Luis, con mi hijo Enrique y con mi amiga Deyanira.  Literalmente son inquietudes de otro mundo.  O mejor uso el plural, otros mundos.  Aunque se tratara de información de divulgación popular.

Los ovnis aún no han aparecido en mi vida, pero sí el asombro de la espectacularidad del cosmos, sus posibilidades.  Más bien el asombro no apareció sino que estaba ahí, conmigo, desde que yo estoy, aquí, conmigo.  Asombro de mi asombro.   Asombro de un universo inexplicable en forma exponencial a la información sobre él.   Insondable, absoluto, concreto y abstracto, lleno y vacío, vivo, cambiante, deslumbrante, cotidiano.   Un universo del cual no me queda la menor duda, vengo, y por el cual estoy aquí y ahora. Comprendo que soy la extraterrestre que busco y sigue preguntándose el nombre de la estrella de donde partió para saber también cuál es la estrella que la recibirá un día de éstos.

Todo está ahí.  O mejor con mayúscula: Ahí. Abierto, inconmensurable, sugiriente.  Una realidad que se diversifica cada día observada por científicos que nos lo cuentan pero que, sobre todo, la siento expandirse en mi conciencia.

En mi primera infancia, a las orillas del lago Cocibolca, conocí el concepto de globo terráqueo que recuerdo de colores terracota y azul.  En un pedacito de esa bola estaba la casa de tambo donde vivía con mi familia cuando aquellos dos volcanes de fondo eran únicos, irrepetibles y majestuosos. Era un espacio comprensible y finito.  Pasaba largas horas aprendiendo los nombres de sus lagos y sus ríos e imaginando distancias, densidades, paisajes, habitantes.  Llegó la adolescencia en Chinandega con la amorosa Vía Láctea que albergaba unas pelotas llamadas planetas como parte de un increíble sistema solar  y que, para entonces, no me cabía dentro con toda su magnitud, brillo, diversidad y belleza.  En mi juventud, a la par de la poesía de Ernesto Cardenal y Rubén Darío, aparecieron para quedarse conmigo, otros seres iluminados: Andrómeda, Orión, Las Siete Cabritas, Cirius, Júpiter, Urano, el Cometa Haley, Las Nereidas.  Y, adulta, en el grupo de las platis encontré esa fenomenal sensación que pulula, aparece y sorprende en la tierra y en el mar y en el aire y en el cosmos: la vida.  Esa maravilla tejida de procesos e historias, ese misterio que nos contiene en su abrazo y nos deja abrazarlo.

Estos días del último mes del primer trimestre del año 2017 me encuentran con centenares de miles de galaxias, cada una con centenares de miles de estrellas.  70 mil millones de millones de millones de estrellas es un modesto estimado.  Más que los granos de arena de las playas. ¿Dónde las acomodo?.    Y supe en los últimos años que hay millones de planetas, hasta sin nombres.  Y montonales de soles, hasta más rudos que el nuestro.  Y de lunas, hasta más bellas y volubles. ¡Inmensidad de inmensidades donde me asomo para seguir siendo niña!.

Sólo entre galaxias vecinas   tengo las Nubes de Magallanes,  El Dragón, la querida  Osa Menor,  El Escultor,  El Fogón,  el soberbio Leo y la bella-lejana Andrómeda a  2.200.000 años luz que lo sé por la poesía de Cardenal.   Y aun así, mi pálido punto azul  sigue vibrante como el lugar de mi encuentro, donde pongo mi mesa, donde planto mis flores.  Y la amorosa Vía Láctea no pierde brillo, me refugio en su belleza aún sabiendo de su agujero negro y de su camino inclaudicable a encontrarse con Andrómeda.

Los hallazgos siguen ampliando las rutas de la ciencia y mi conciencia.  En meses recién pasados fueron descubiertos dos planetas extrasolares, parecidos a la tierra, con muchas posibilidades de tener agua y otro formado de diamantes y, saltándome un montón de otros descubrimientos, la noticia de la incursión de la sonda voyager en el espacio sideral es sencillamente impactante y hermoso. ¡Y cuánto nos sugiere!.

Me acostumbré a no entender ni a contener, me acostumbré al asombro, como mi posibilidad de asir la realidad.

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