Cuento de Navidad

abuelasolaHabía una vez Miriam. El primero de diciembre de ese año afortunado en amistad y desventurado en malas noticias del mundo, la Escribiente le hizo un regalo.   Ya que apenas empezaba la época de Navidad, le pidió que lo abriera más adelante, por ahí del 15 le dijo, sin sospechar la turbación que desataría en ella semejante recomendación.

El empaque de aquel presente era color verde tierno estampado con guirnaldas de hojas de pino y flamingos rosados.  No era claro qué hacían estos pájaros en un papel navideño.   Quizá eran migrantes, como un día lo fue Miriam.   Viajaron mucho, desde el pensamiento de la Escribiente hasta adornar el obsequio, porque la verdad es que estaban vinculados con aquella ciudad de La Florida donde un día del siglo pasado Miriam aterrizara.   De ese tiempo habían historias. Eran relatos de desarraigo, trabajo duro, abandono, aprendizajes contra reloj, amores rotos, casas de ricos, pisos limpiándose… historias de grandezas y debilidades… humanas.

Para la Escribiente Miriam era mágica.  Y también irreverente.  La podía imaginar maga blanca, madre atípica, roca primigenia, granjera del cuento de Babe el puerquito valiente.  Pero la rara ternura de Miriam, que la Escribiente había experimentado en sus abrazos tórridos, poco dejaban a la imaginación, era verdad como también lo era el puño de historia y de historias que patentizaba su presencia ochentona.

Pero hay algo que la Escribiente no puede mencionar sin recurrir a la metáfora.   Y es que Miriam parecía tener castañuelas dentro de ella.  Muchas veces esas castañuelas se hacían paseos para ver a sus amigas aunque vivieran en otros países o para agasajarlas en su casa con gallos de arracache y chicasquil.   En Navidad armaba un pesebre lleno de luces y a su alrededor, regalos para los niños del barrio donde vivía, costumbres que repetía año tras año.

regaloPero aquel obsequio estaba cerrado aún. ¿Por qué la Escribiente no querría que lo abriera?, se decía.  Y en un ir y venir con la pregunta suelta pactó con ella misma desempacar el regalo para ver qué era y volverlo a cerrar.   Y así lo hizo.  Sin embargo, al verlo se puso tan feliz que se olvidó de la segunda parte del trato.   Entonces tres pares de ojos traviesos se encontraron con su curiosa mirada, parecían conocerse, o ser de su familia.   Se reproducía en aquella artesanía el aspecto más alegre y feliz de la existencia, el más nacimiento-1esperanzado y travieso: un pequeño recién nacido acurrucado con su mamá y su papá: eran la Virgen, San José y el Niño.   Ese aspecto alegre del misterio del nacimiento de Jesús de Nazaret conectaba a las mil maravillas con las castañuelas de Miriam.   Los ojos le brillaban de contenta y de agradecimiento, pero ¿cómo voy a guardarlo si este pasito merece estar fuera desde ya?, se dijo.  Y con el apoyo de su andadera se puso a buscarle el lugar más bonito de su sala.  Ahí está esta Navidad.  ¿Querés verlo?

Una vez más la travesura y curiosidad de Miriam se mostraban en todo su esplendor; pero quizá por eso mismo se encontraba rozagante.  Parecía una gorriona parlanchina de esas que sacaron de quicio a San Francisco de Asis.

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