Cerro negro

Domingo 12 de abril de 1992, 3 p.m. Transcripción: viernes 27 de marzo de 2020. 
#YoMeQuedoEnCasa

A 27 años de la gran erupción del Cerro Negro en LeónLeón y Chinandega están directamente afectados por la erupción del Cerro Negro.  La arena fina del volcán está, incluso, en la mesa del comedor de mi papá que, desde ayer, está irritado de la garganta. Me estoy cuidando, me dijo por teléfono para atajar cualquier preocupación que fuera a manifestarle.

León está cubierto de arena y no se sabe cuánto más durará la actividad volcánica.  Lo que he leído en La Nación, la información por fax que me envíó ayer un amigo periodista y los noticieros de TV, me sitúan en ese escenario leonés sin sol y mis sentimientos, en estos días, son arena tóxica. 

Este año no hubo siembra de algodón en la zona afectada, ya se había cosechado el sorgo y los frijoles de la temporada, apenas un ricachón de la localidad perdió su extemporáneo sembradío de maíz y sólo un muerto ha provocado la erupción; o sea que, con algunas dificultades, la gente sigue su rutina en León y no es para tanto, dice la voz de mi ex compañero. Mi papá,  viejo indoblegable, piensa que esos optimistas son insensibles y que no saben lo que significa que la gente abandone sus ranchos aterrados de arena mientras cargan sus chanchos flacos para otro lado, dice que los damnificados directos son como 10000, Pero a mí no me gusta decir números, porque aunque fuera sólo un muerto y un damnificado, la situación ya es demasiado, concluye con fastidio.  

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Anoche despedimos a un compañero de trabajo.  Marcia y yo cantamos Viva León, jodido, acompañadas por las guitarras de los amigos guatemaltecos, mientras caía polvo sobre León.  León puede ser abatido pero nunca vencido….  Bailé como si mis pies se deslizaran por el polvo que el volcán vomitaba, volvió mi corazón de bombo y posiblemente mi mirada  de damnificada de mi historia social y personal. Como nicaragüense me sentí atrapada en una geografía violenta como la realidad social que delata mi piel.  Dos violencias que se superponen como tectónica de placas.

Con este telón de fondo han sido éstos unos días de encuentros personales que uno a uno me han ido devolviendo trozos de mi historia desde las historias de mis amigos hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, con quienes hilvano un trabajo de defensa de los derechos humanos en la región. 

Sin lugar a dudas estoy triste. Bailo. Canto.  ¡No veo salida a la pobreza, incluyendo la de mi corazón desolado! Como en León, no hay sol que se avizore.  Soy tragedia griega enmarcada en una novela rosa,  un trozo desparramado de país….

No sé qué quiero.   Un día tengo seguridad en algo y al otro ya no.  Mis decisiones son tan frágiles que las tumba una noticia, una mirada, una sonrisa, unas gotas de lluvia, una persona.  El cambio de clima en San José me afecta, me sorprendió la llovizna de anoche y la oscuridad que se metió en mi cama por la mañana.  Le temo a estos días cóncavos de ecos que me obligan a retroceder a mi historia con aliteración, con sinonimia, con metonimia, con reincidencia.  Retrocedo como perra, gata, ardilla, coneja, husmeando el calor afectivo de lo que fue mi casa, mi hogar, mi familia, mi vida.  Y quiero volver: ¡a eso!  Y me duele la imposibilidad de mi deseo, sentir cómo se derrumba la persona interior que costosamente fabrico día a día y que tenía claro cómo iba a enfrentar su presente y proyectarse al futuro, la misma que quiere romper con todo lo vivido para afirmar que el mundo es ancho y las posibilidades inmensas.

No puedo. 

Necesito hundirme hasta el fondo, hasta el final. 

Ansío saber qué mundo existe en la densidad de la última lágrima que me brote, la raíz del desgarro final, el grito de la primera célula que decidió formar mi cuerpo. ¿Qué pasará en mis ojos: córneas, iris, pestañas, mirada, cuando quite los diques que contienen el agua de mis lagos íntimos? ¿Esos mundos acuosos sostendrán otras formas de vida? ¿O quedarán vacíos?

Nicaragua soy yo.  Las inusitadas locuras y contrastes políticos me expresan, la desolación y miseria de los barrios marginales me representan.  La imposibilidad de leer respuestas positivas a la situación desde el desorden, la anarquía y la pobreza son otra vez yo misma.  El Cerro Negro se rebela con enormes bocanadas de tierra y no importa que no tenga ojos, cara, caderas, piernas, cintura ¿o los tiene?: es mi fotografía.  Entiendo sus piernas tambaleantes, siento su mirada nublada, puedo asir su cintura endeble y leer sus labios balbuceantes: soy yo desbordada en un infierno, es la explosión de mi vida.

 

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