Este gajo de gentes que llamo mi familia, resilientes migrantes en este globo errante, conserva un asidero como okupas en un rincón de mí.
Son gentes muy diversas y dispersas que si bien no las conozco a todas, de vez en cuando lanzan buzucasos de sangre en ruta al corazón.
Hay ancianas y jóvenes, salvajes y poetas, maestras y artesanos, alcohólicos suicidas, médicos y dentistas, ingenieras aeronáuticas y eternas niñas viejas, sin que falten las guapas y los guapos y hasta los niños díscolos.
No existe en este espectro ladrones ni políticos lo cual es una dicha.
Y todos nos movemos azorados, buscándonos en otros, sin tomarnos las manos, inconexos los lazos del abrazo y latentes los vicios tan humanos que nos traen noticias a veces fastidiosas y otras veces fatales, oscuras, retorcidas, que parecen un cuento de finado Allan Poe.
Y, por los parajes que dejamos atrás, nos sabemos una mansa parentela que en delirantes éxodos camina con recato por la tierra.