En la muerte de mi padre en 1994
Decían que era mi papá el que yacía en el centro de la sala de la casa de mi infancia. Aire, gente, flores, rezos me lo estaban gritando porque me puse sorda y me quedé en silencio con interrogaciones que aleteaban por dentro como pájaros presos. Busqué en el féretro respuestas a todo eso. O talvez otra cosa, algo para calmar mis manos, oídos, corazón, calmar mi piel, mis ojos, mis pies, calmar mi pelo. Nada. Vacío. Para encontrarnos nada. Para decirnos nada. Para reírnos nada. Nada para ofrecernos. Su altivez no cupo en el cajón funesto y sin ella estaba despojado, feo. No la dejó en algún rincón de la casa que uno a uno recorrí conmovida por la vida y la muerte, ese dúo cotidiano y simple tan complejo.
Decían que era mi papá
el que yacía
en el centro de la sala
de la casa de mi infancia.
Aire, gente, flores, rezos
me lo estaban gritando
porque me puse sorda
y me quedé en silencio
con interrogaciones
que aleteaban por dentro
como pájaros presos.
Busqué en el féretro
respuestas a todo eso.
O talvez otra cosa,
algo para calmar mis manos,
oídos, corazón,
calmar mi piel,
mis ojos, mis pies,
calmar mi pelo.
Nada. Vacío.
Para encontrarnos
nada.
Para decirnos
nada.
Para reírnos
nada.
Nada para ofrecernos.
Su altivez
no cupo en el cajón funesto
y sin ella estaba despojado, feo.
No la dejó en algún rincón de la casa
que uno a uno recorrí
conmovida por la vida
y la muerte,
ese dúo cotidiano y simple
tan complejo.
Me he topado a la muerte
en esquinas inéditas.
También en esquinas repetidas
y en otras que el viento se ha llevado
por etéreas y buenas.
Sin verla -por supuesto-
porque he tenido miedo
de su esplendor, su fuego.
Me he entregado a la muerte
en abrazos, intentos,
en versos y sorpresas.
Cada amigo y amiga
me ha dado cuenta de ella,
como si nos gustamos,
como si es mi parienta,
como si yo le importo
o me importara ella.