El número 1886, la Yaya y otras cosas

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Sentada frente a uno de los conjuntos de casilleros de la oficina de Correos de Costa Rica, en Guadalupe, estoy fija en la cajijta que tiene el número 1886.   Podría quedarme absorta en esa caligrafía que nada me dice, que me lleva a todo, pero el número anterior y el posterior me llaman también la atención: en línea horizontal 1876-1896 y, en línea vertical: 1885-1887. No quiero que me llamen a la entrevista para encargar un pasaporte nuevo que es por lo que estoy aquí, no todavía.  Me parece mágica la escena en varios sentidos que no logro poner en palabras; y las cajitas cerradas…. ¿qué albergan?

Hace unos días ví un documental sobre la historia del número 1 y quizá por eso atiendo la panorámica numérica de esta pared de puertitas pequeñas, como de unos 30 x 30 cm, que son los casilleros de correos. 

Siento paz.   Esa disposición de los cajoncitos me ordena.   Llegué aquí despelotada, como a trompicones,  arrancada de mi casa por la ola de una cita que no debo perder.  Veo la pared de cajoncitos cerrados con puertitas numeradas.  El orden me da paz.  Es una estructura básica, un patrón reiterado que bien conozco.  Un dos tres, centro adelante y atrás, mi genealogía, el ordenamiento de las tumbas en los cementerios, las estrellas en el cielo, las gotas del vaso de agua que apuro por las mañanas, los pasos de mis pies al caminar, los sillones de mi casa, las ilusiones perdidas, las hojas de la hiedra sobre el muro de mi patio, los pétalos de la flor, las toallas acomodadas… un dos tres intercambiables hasta el infinito.   Un compás, un ritmo, una estructura, la vida.

Y el uno me lleva a pensar en mi primera muñeca de plástico duro que con dificultad le movía las piernas y en la primera muñeca que regalé a mi nieta, la Yaya: una bebota grande con trenzas, la cara de plástico y el cuerpo suave que cuando se le apretaba el corazón decía te quiero mucho.... mi primer amor confundido entre otros en mi memoria como le pasará también a mi nieta y, aunque asistí a la epifanía de verla estrenar su vida y su primer amor, es probable que a sus seis años ya lo haya olvidado, como yo olvidé al mío.

Hay que tener una estructura adentro para alterarla a veces, cuando lo necesitamos, cuando nos da la gana, cuando jugamos a ser creativos, cuando sencillamente la alteramos. Por eso la estructura nos da libertad, nos permite volar sabiendo nuestro punto de partida y de llegada. Pero en esa alteración surge otra estructura donde el centro puede ser adelante y el atrás convertirse en centro, y entonces nos volvemos mágicos.   Nada existe sin estructura, somos eso, somos uno, dos, tres.

Somos 1886.  Millones de otras cifras multidireccionadas nos preceden y nos suceden.  Un número compuesto de otros números, metido en otros números, continente de infinitos números, explicable sólo por millones de otras cifras y somos, sobre todo, uno.

En esta pequeña pared todos los números son de cuatro dígitos: 10 columnas de 10 casilleros y 10 filas de 10 números.   ¡Llegamos al 100!  ¡No sabemos de cuántos dígitos es el número que finalmente somos!  Somos uno.  Yo me quedé absorta, muda. 

Después llegó con lentitud la satisfacción de que mi pasaporte estará en pocos días más. 

Frijoles

Escrito el domingo 6 de noviembre de 1994 a las 11.30 de la noche.
Hoy puse a cocer frijoles por primera vez en este país. Parece una frase fácil pero no fue tan simple, digo, no el escribirla, sino el hecho, cocer frijoles.  Cuando vivía en Managua era un ritual frecuente y estimulante.  Pero acá, en San José, me resistía a hacerlo, quizá para evitar la nostalgia o para proteger a los frijoles del fiasco de mi ánimo.   

Sentir que es bello cocer fríjoles lo aprendí con doña Luisa, en México.  Recuerdo su fogón de leña en el suelo y sobre él el enorme caldero de barro atipujado de frijoles hirviendo.  Recuerdo su risa contagiosa mientras atizaba el fuego o echaba hierbas desconocidas para mí en el caldo estridente.   También les echaba chile picante. Platicábamos de muchas cosas que no me acuerdo mientras chisporroteaban los granos negros y el pequeño ambiente se aromatizaba más y más indicando que muy pronto estarían listos.   Uno de esos temas que conversábamos, sin duda, era sobre lo que significaba para la familia esperar a que el sistema educativo formal admitiera en la prepa (que así le decía a la educación secundaria) a su hijo mayor, Tabo, que ya hacía dos años que acabara la primaria y deambulaba sin oficio ni beneficio de aquí para allá a sus casi quince años.    

¡Ese ritual al pie de las habichuelas era de una belleza insuperable para mí!  Había esperanza, se aderezaba la compañía, la amistad. Los frijoles con caldo los acompañábamos de tortillas recién palmeadas y algunas veces estaban todos sus cinco hijos.  De marido y de padre nunca la oí hablar.   Eso fue hace 20 años, en La Cascada de la colonia Mixcoac en el DF.  ¡Cómo quisiera ahora que doña Luisa estuviera aquí y me viera cocer frijoles para mis dos hijos que, en aquellos ayeres, ni siquiera estaban pensados! 

Pero en esta ocasión y quizá sin darme cuenta, para no ningunear mi pasado y decirme que hoy todo está bien, todo está mejor, sentí amenazantes y escandalosos los granos juntados, arremolinados, pegados, moviéndose unos contra otros, chillando de tanto hervor. Cada cierto tiempo, para calmarlos, les echaba agua limpia y fresca que muy pronto sucumbía al fragor de la ebullición de esa pequeña caldera, tan distinta pero igual a la de doña Luisa. Como si se concentraran ahí todos mis imposibles, riéndose de ser míos. Esa olla indescriptible alojaba montones de granos agresivos, pujantes, lujuriosos, soberbios; era un pequeño infierno en mi casa. El infierno en mi cocina. Esos frijoles podrían matarme si tuvieran voluntad. 

Como frijoles en ebullición mis poemas también ardían juntitos sobre la mesa de la sala, organizados por mi amiga Deyanira quien los mandó a imprimir y clasificó en tres posibles libros: en "Para sentir a Júpiter" colocó 70 poemas sobre el cosmos, la patria y los amigos; en "Alas locas" fueron 65 poemas de amor, erotismo, mar y fantasía y en "Eclipse total" 104 poemas sobre el paso del tiempo, mi familia, el dolor, el psicoanálisis y el sentido de vivir. Al ver por primera vez la mayor parte de poemas impresos sentí un dolor agudo de estocada, autotraición. Como si ellos escondieran el amor que he buscado en temibles noches y largos días, como si fueran el camuflaje de mi verdad o algo simultáneamente maravilloso y miserable, raro, imposible de asir y que estaba exponiendo. Sentí que mi poesía era miseria. Miseria en desparpajo, exhibida. 

Era novedad ver mis ilusiones puestas en poemas y darme cuenta de que eran muchas y que murieron. Eran novedosos los ecos de esas fantasías que me dieron instantes de magia y sin despedirse se fueron, se me fueron….usando mis poemas de vehículos. 

¿Dónde estará doña Luisa, Tabo, mis ilusiones?

Mis hijos celebraron los frijoles cocidos que comimos con queso molido y abundante ensalada variada mientras una lluvia constante se erigió en telón de fondo de nuestras vidas en domingo. Sus comentarios y risas junto al apetito de una tropa después de una batalla animaron con creces el acontecimiento.