Hoy estuve en el templo
de mi nada.
Caminé de puntillas,
las manos me temblaban,
silente azul el día
que todo iluminaba
y yo, en vano, deseaba
una palabra
¡Ha empezado un nuevo día!,
mi impulso primero
levantarme,
y que el sol pueda acariciarme,
y entonar un himno a la alegría,
al día por la noche abandonado.