La llamada

¡Qué feo!, le dijo él con un tono de yo comprendo cuando le contó de la llamada. Pero no fue feo y no se lo pudo explicar. El teléfono timbró fuerte, una mujer preguntó ¿quién habla? por el auricular. Ella, que normalmente hubiera devuelto la pregunta con un ¿con quién quiere hablar?, le dijo su nombre como producto del desconcierto que le produjo creer identificar la voz de su hermana la segunda, que se había muerto varios años atrás. La mujer que llamaba colgó inmediatamente, sin chistar. Y no fue feo. En realidad fue como doloroso que colgara cuando sus manos, su voz, su alma, todo su cuerpo querían decirle no colgués, no colgués, quedate, platiquemos un poco, hace rato no te oigo.

La electricista del barrio

Redonda. Una vez casi se cae por querer remendar una instalación eléctrica en el techo de su casa. Se subió, para ello, en una mesa de madera que crujiendo le dijo con urgencia: Bajate, no te aguanto. También cambiaba los sockets que se arruinaban con el uso y con paciencia franciscana remendaba las instalaciones de luces que debían adornar el árbol de navidad año con año. Muchas veces también fue la electricista del barrio. Nunca hubo nada que lamentar, prueba de que en la vida suceden milagros.

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