Era una mujer

mujer coloresEn el cuento de las mil y una noches de su vida abundaban fantasmas.  Fantasmas que le daban convicción, alegrías. Y algunas veces, rabias.

Empezaron a existir cuando en la Nicaragua insurreccionada de antes de 1979, sus amigas y amigos fueron cayendo[1] en la lucha contra la dictadura de Somoza.

Fue entonces que comenzó a sentir vivos a los muertos.

De Mariana recordaba su presencia esbelta, su mirada clara, su terquedad. Su arrechura imponiéndose sobre sus lágrimas ante las injusticias que las circundaban.   Los doce años que tenían ambas era suficiente edad para escribir poesía a cuatro manos, perderse en las comarcas del municipio de Chinandega y atender grupos de personas adultas, a las que enseñaban a leer y a escribir.  Sentían gusto de ser dos y  ambición por cambiar el orden de las cosas.  ¡Eso era lo fundamental de ser amigas!

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La llamada

¡Qué feo!, le dijo él con un tono de yo comprendo cuando le contó de la llamada. Pero no fue feo y no se lo pudo explicar. El teléfono timbró fuerte, una mujer preguntó ¿quién habla? por el auricular. Ella, que normalmente hubiera devuelto la pregunta con un ¿con quién quiere hablar?, le dijo su nombre como producto del desconcierto que le produjo creer identificar la voz de su hermana la segunda, que se había muerto varios años atrás. La mujer que llamaba colgó inmediatamente, sin chistar. Y no fue feo. En realidad fue como doloroso que colgara cuando sus manos, su voz, su alma, todo su cuerpo querían decirle no colgués, no colgués, quedate, platiquemos un poco, hace rato no te oigo.