Era una mujer

mujer coloresEn el cuento de las mil y una noches de su vida abundaban fantasmas.  Fantasmas que le daban convicción, alegrías. Y algunas veces, rabias.

Empezaron a existir cuando en la Nicaragua insurreccionada de antes de 1979, sus amigas y amigos fueron cayendo[1] en la lucha contra la dictadura de Somoza.

Fue entonces que comenzó a sentir vivos a los muertos.

De Mariana recordaba su presencia esbelta, su mirada clara, su terquedad. Su arrechura imponiéndose sobre sus lágrimas ante las injusticias que las circundaban.   Los doce años que tenían ambas era suficiente edad para escribir poesía a cuatro manos, perderse en las comarcas del municipio de Chinandega y atender grupos de personas adultas, a las que enseñaban a leer y a escribir.  Sentían gusto de ser dos y  ambición por cambiar el orden de las cosas.  ¡Eso era lo fundamental de ser amigas!

De su asesinato, el 3 de junio de 1979, le contaron cosas terribles.  Sólo logró escuchar algunas. Que el padre de Mariana reconoció su cadáver, deshecho, en la morgue de Villanueva, le dijeron por teléfono.

La sintió.  Fina, exquisita, brillante.  Se quedó suspendida, lejana la voz que no escuchaba, la sangre helada, el teléfono suelto. A Mariana la mataron.  ¿Cómo, si lo que hacía era atender niños y niñas en zonas rurales? ¿Cómo, si pronto vivirían juntas en San José porque Mariana estaba matriculada para empezar un nuevo posgrado en la Universidad de Costa Rica? ¿Cómo, si la casa y el alma la esperaban justo en esos días?

La furia del enemigo era patológica.  Mariana sufrió la embestida del somocismo acorralado y, poco menos de un mes de su asesinato, triunfaba la Revolución Popular Sandinista.   Se ensañaron con ella, la pediatra, la poeta. La madre de un hijo de cinco años, mismo tiempo que la separaba de su esposo.  La mujer sola.  La mujer rota. La mujer toda.  La entrañable amiga.  La intacta en el recuerdo.

Cuando triunfó la Revolución y embarazada de su segundo hijo y del duelo por su amiga, corrió hacia la Nicaragua convulsa.  No sabía bien qué quería de tanto que quería.  Respirar ese aire nuevo era seguro pero, más seguro, quería buscar al marido de Mariana, hacer su duelo junto a él. ¿Cómo lo reconocería después de tanto tiempo? ¿Dónde buscarlo?

Mariana y Alejandro se habían casado en la capilla de un barrio suburbano de León, cinco años atrás, y ella había sido su madrina de boda.  Mariana iniciaba su embarazo y él se retiraba a la montaña, entraba a clandestino, como se decía entonces.  Desaparecía su nombre en el mundo civil y, de ahí para adelante, Mariana no podría saber dónde estaba y cuándo podría verlo.  Se casaban para ritualizar la necesidad de conservar el vínculo más allá del tiempo y de la muerte.  Se casaban y se separaban.   ¿Quizá, confiando en que la vida les permitiría volver a abrazarse en otra Nicaragua?

Eran tiempos de decisiones trenzadas a costos inimaginables.

No fue fácil encontrarlo.  Los guerrilleros, los muchachos, no bajaron al mismo tiempo de las montañas.  Mucha de la información de dónde y cuándo lo harían, era aún compartimentada.  Una comandante guerrillera, finalmente, le dio la información.

Habían cambiado mucho los dos, pero él la reconoció de inmediato por su voz, su pelo y su mirada, eso le dijo.  Todavía con sus costumbres de clandestino no aguantaba lugares públicos y por eso se encerraron en el cuarto de una casa prestada.  El la abrazaba y acariciaba su barriga balbuceando solamente la quiero, la quiero, la quiero.  Fue un intercambio de lágrimas, mocos y ternuras dolidas, confundidas, inexplicables.  Anocheció en el silencio y los abrazos del dormitorio.  En un rincón durmieron el agotamiento del encuentro, la rabia y el recuerdo.   Al clarear el día debía irse.  Se despidieron.  Ella sólo le dijo que lo había buscado para llorar con él la pérdida de la amiga.  El únicamente le dijo que amaba a Mariana, la jovencita que quedó embarazada en el dintel de la puerta de la iglesia donde casarse y despedirse fue lo mismo.  En los cinco años eternos y precisos en los que no se comunicaron porque así lo demandaba su responsabilidad política y militar, la amó cada minuto en la selva, cada dedo en el gatillo, cada entrenamiento matutino, cada calor sofocante, cada estrella luminosa, cada gota de lluvia, cada paso en el barro, cada desesperación, cada distancia…

Y la amó más y más sin conocer de sus necesidades de mujer sola.  Y del amor que brota de los cuerpos de las mujeres como genios de lámparas de Aladino y, por eso, Mariana, ineludiblemente y sin dejar de amarle, se enamoró de su primo hermano, escondiéndose de su padre y de la sociedad pueblerina insurreccionada.  El amor de una mujer es fuerte para imponerse a la ausencia y al dolor, para sobrevivir a la soledad.

La tierna y amorosa esposa se convirtió en mujer ardiente, guerrillera intrépida y voluptuosa amante, bajo la tormenta de chismes pueblerinos y artillería de guerra.  Era una Mariana que él no podía imaginar. La que disfrutó y padeció con su primo un romance estrepitoso en la Chinandega caliente, insurreccionada y sucia.

Las cartas entre las amigas iban y venían. Un año antes de su asesinato Mariana la llamó.  Vení, te necesito.  Así de escueto era el mensaje y así de veloz fue la decisión de su amiga que viajó a verla.  Eran esos tiempos en el que el contexto decía más que las palabras.

Llegó ese sábado en que Mariana aún no había avisado a nadie lo que sucedía.  La guerra ardía.  La ciudad estaba sola de vivos escondidos en sus casas y llena de muertos apretados en el alma.   Su padre, médico ginecólogo, la tenía internada en la única clínica, privada del pueblo.  Ella se moría.  Flaca hasta los huesos, anémica.  Largas jornadas de trabajo político y atención a la población enferma de caseríos rurales en las zonas de combate, le impedían alimentarse.  Casi en la inanición nació una niña del amor del primo. Sietemesina.  La llamó Eida.  Sentada en el borde de la cama con la minúscula niña muerta en los brazos, recorría su carita con sus dedos finos.  Su amiga entró, las abrazó.  Las tres, de momento, fueron un solo pulsar, un rayo de luz tragándose a sí mismo. No preguntó nada.  Al ratito llegó una enfermera que suavemente le quitó a la niña de esos brazos que Mariana abrió sin resistencia.  No hubo llanto.  Ella no supo si su amiga aceptaba el destino o se burlaba de él.

Un poco recuperada de la muerte de su niña, Mariana volvió al trabajo en las comarcas.  Muy pronto fue capturada. Dos meses antes de su asesinato, la guardia había amarrado al frente de un tanque de guerra el cadáver mutilado de su primo amante y había recorrido, con él, las calles tristes de la ciudad como un método para amedrentar a la juventud y que no buscaran líos.   En Chinandega dijeron las malas lenguas que después de eso ella se dejó apresar. Tal vez. No importa.

Han pasado los años, se padecen nuevas guerras, se estrenan otros dolores y distintas esperanzas, pero la rabia no pasa.   El fantasma de Mariana puebla la vida de su amiga. Como médica brillante, atendiendo largas filas de indigentes con su figura menuda y su capacidad sin límites.   En los caseríos infinitos del occidente de la siempre caótica Nicaragua.

Es un fantasma subversivo.

¿Quién era esa Mariana asesinada por la guardia de Somoza?  ¿Una diosa que soportaba ese dolor?  ¿Una bruja que se burlaba de la vida? ¿Una fiera deshumanizada?  ¿Una condenada por los cielos?  ¿Una elegida para redimirnos? ¿Una estoica super-entrenada?  ¿Una gorriona indefensa?  ¡Era una mujer!

[1] Modismo que significa muriendo en combates urbanos y rurales.

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