La electricista del barrio

Redonda. Una vez casi se cae por querer remendar una instalación eléctrica en el techo de su casa. Se subió, para ello, en una mesa de madera que crujiendo le dijo con urgencia: Bajate, no te aguanto. También cambiaba los sockets que se arruinaban con el uso y con paciencia franciscana remendaba las instalaciones de luces que debían adornar el árbol de navidad año con año. Muchas veces también fue la electricista del barrio. Nunca hubo nada que lamentar, prueba de que en la vida suceden milagros.

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Los versos

A veces los versos le servían para medir el tiempo. Llego en cinco poemas, se decía a sí misma cuando iba para la casa de su mejor amiga. Y es que, en el camino, repetía cinco veces una de las tantas composiciones que se sabía de memoria.   O, al supermercado voy en seis poesías, cronometraba con precisión.   Cuando tenía que esperar en una clínica o en un banco, en su diálogo interior mascullaba: ¡bárbaridad, esto me llevó siente Sonatinas!   Los versos de Rubén Darío le permitían medir segundos, minutos y horas en su ritmo, sus estrofas, sus títulos.  A ellos recurría con mayor frecuencia.

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