Los versos

A veces los versos le servían para medir el tiempo. Llego en cinco poemas, se decía a sí misma cuando iba para la casa de su mejor amiga. Y es que, en el camino, repetía cinco veces una de las tantas composiciones que se sabía de memoria.   O, al supermercado voy en seis poesías, cronometraba con precisión.   Cuando tenía que esperar en una clínica o en un banco, en su diálogo interior mascullaba: ¡bárbaridad, esto me llevó siente Sonatinas!   Los versos de Rubén Darío le permitían medir segundos, minutos y horas en su ritmo, sus estrofas, sus títulos.  A ellos recurría con mayor frecuencia.

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Flor de madroño

Cuando nos acercamos al cementerio de Chinandega, ese martes 18 de enero, en el vertedero municipal, justo detrás, hacían una quema de rutina.  De ahí provenía una espesa y pestilente columna de humo negro que volvía más rudo el final de aquel cortejo fúnebre.

El paisaje caótico en la tierra que pisábamos, también lo era en el aire de las 11 de la mañana de ese pueblo fronterizo y caliente.  Un viento moderado se llevaba la nube negra en dirección contraria y, de forma intermitente, me permitía sentir un refrescante olor a madroño.  A flor de madroño puntualizó el poeta Pedro Rafael, quien también me alertaba sobre las mierdas de perros a lo largo de esos dos kilómetros de calle que, desde la Iglesia de San Agustín, en línea recta, nos llevaban, caminando, hasta el cementerio de la ciudad.

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