Casa de tablas

Esa casa, la de tablas, que el Departamento de Carreteras dió a mi padre en 1968 para que viviera con su familia o, más bien, para que viviera su familia mientras él trabajaba en el Campamento de Mocorón a unos 30 kilómetros de Chinandega, estuvo de homenaje antes de ser derrumbada por sus nuevos dueños. Para eso nos reunimos en Chinandega las hermanas y hermanos, la sobrinada y la nietada, el 20 y el 21 de diciembre recién pasado.

En realidad, la casa era un garaje para camiones de la región de occidente del Ministerio de Fomento y Obras Públicas de aquellos años somocistas, con una precaria construcción de, aproximadamente, 200 m2 en un área esquinera de 1.500 m2 donde antaño se tendían hamacas y tijeras para los trabajadores, más parecida a un pequeño campamento al que dimos el nombre de casa y lo hicimos nuestro hogar. Albergó a mi familia durante 20 años y, luego de la muerte de mi padre en 1994, vivieron en ella mi hermana Ruth, con su marido Edgar y sus dos hijos Edgar José y Tirone, hasta el 24 de diciembre recién pasado que, después de vicisitudes interminables, Ruth construye una casita en la colonia España.

La Casa de Tablas, bautizada así por Karen al nombrar su primer poemario, en este momento en que mis hermanos Walter y Gerardo y, mis hermanas, Ruth y Karen, han recibido un dinero por su venta, es también un símbolo del abrazo protector de nuestros padres, Amada y Abelino. Así quiero que viva en mi memoria. Por eso Karen, sin proponérselo, nos dio un concepto, que ese lugar representa de manera admirable.

Esas son locuritas, había dicho Gloria y Walter cuando Karen les comentó la idea del homenaje. Y era verdad. Eran puras locuritas para vivirlas como pompas de jabón perfectas y disímiles, como encuentro de hermanas, como poemas que se escriben, se leen y se guardan, como besitos en las mejillas de los niños, como un paseo en triciclo tratando de no pensar en el esfuerzo de su conductor; locuritas que la hermana mayor, que venía de más lejos, quería vivir entre la algarabía de los nietos de Walter y del suyo propio.

Nos recibió mi hermana la menor, Karen.

Estábamos redondas en un viaje redondo de típicas hermanas que sumó también a los hermanos y sus familias, a mi compañero Luis y a mi amiga Carmen, alias la marquesa, como cariñosamente la nombramos aludiendo a su porte y aspecto. Redondo de felicidad, de compañía, de tristeza, de expectación, de risas, de miedos, de miseria, de basura, de regalos, de cuidados, de memoria. Redonda la vida. Círculos fugitivos y luminosos superpuestos se abrían y cerraban. Mi vida redonda como círculo abierto acogía tiernamente a los que no estaban y, los que estaban, se sentían amados danzantes, más allá de toda contradicción. La historia perdonada por el amor, borrados los errores, lamidas las heridas, aceptados los vacíos, amada la vida como si la mamá redonda que yo tuve esparciera polvos mágicos de risas. Redonda la felicidad de mis raíces tristes y grandiosas, con la Casa de Tablas donde aún se oyen los pasos de mi madre esférica; todavía está la grada, en cemento gris, de entrada a la casa, donde un día ella encontró un motetito que envolvía a un bebé recién nacido que tomó con ternura y convirtió en mi hermano el menor, Gerardo; con el llantito de la gatita Mariam muy cercano y, demasiado distantes, los ojos de mi nieta Anaí, viéndolo todo. Y Enrique. Y Juan Luis. Y en la nueva versión de mi pequeña familia en San José, Angie.

Redonda la comida (carne en vaho, caballo bayo, rosquillas, cosa de horno) y el abrazo del calor de Chinandega; y redondos también mis sentimientos, esa ola voluptuosa que va y viene, se enreda, se rie, se acopla, se achica, se conmueve, se arrincona y, siempre, explota.

¡Llegó la mayor!. Fue el 20 de diciembre, por la noche. La acompañó su hija menor, la Ia, y su nieto, Ian. Y, como si ese séquito no fuera suficiente, llevó abrazos y risas y maletas interminables que desfilaron en la oscuridad de la noche del mercado de Chinandega. Del Calvario cuadra y media abajo es una gran travesía para que la marquesa, Karencita y Carlos cargaran sus maletas a tuto, en una escena digna de Buñuel, maletas de Miami entre repollos y hedores de frutas podridas en procesión por el mercado oscuro.

Observaba la misma mujer que, sentada a la par de su canasto, veía cómo un gran camión descargaba la mercadería del siguiente día y ante la cual se estrellaban los argumentos de mi hermana la menor pidiéndole que diera paso al taxi que, desde Managua, traía a la hermana mayor. Nada. La mercadera era una digna representante de la cultura guegüense y su rostro, en un conveniente trance, no reaccionaba, mientras seguía mirando, inconmovible, la descarga de miles de repollos que surgían del camión.

Y todo esto lo pasaba mi hermana la mayor sólo porque sí. No importaba que fuera la víspera de Navidad, ni tener casi los 70…. Dejó las luces de Miami por Chinandega.
Todo en ella era un sonoro Sí. Sí, te quiero; si, te necesito; sí, me importás; si, quiero verte; sí, te doy un beso; si, estoy con vos; sí, quiero estar en ese homenaje a la casa de tablas inventado por las locas de Karen y Eida. ¿Acaso no era más loca ella por llegar de esa manera?

Y sucedió el homenaje preparado para el día 21. Karen daba voz al osito, títere que hacía de maestro de ceremonia. Ocho sobrinos nietos, principales destinatarios de la fiesta, no lograban adivinar quién les hablaba. ¡Es mi tía Karen! –dijo Samuel, el más avispado- pero todo quedó entre sospechas porque dicha tía tenía todo bajo control y al rato apareció con cara de yo no fui por el otro lado del pequeño teatro, improvisado con sábanas blancas y sillas de plástico. Nos hacía falta Ruth que llegó después, cuando todavía la guitarra y las canciones de Walter José y Abelinito, estaban como esperándola. Pero hemos aprendido que no todo puede ser perfecto. Era tarde y había que empezar.

El osito habló de agradecer. Por la venta de la Casa de Tablas, el nacimiento de Mariam y Anaí, el casamiento de Edgar José y de Juan Luis, el estar juntos…. A la pregunta si habían más motivos para agradecer, Ileanita, desde el público, dijo que por la luna y las estrellas. Fue mágico combinar su voz de niñita de 4 años con la luna, las estrellas, las tías y el mercado.

Llegó luego el poema de Karen a la Casa de Tablas:

Al bajar a la tierra
guardaron sus alas
y habitaron la casa de tablas

nos parieron
nos aguantaron,
si me preguntás qué pasó ahí
diré abrazos, cuentos, poesía, risas, galletas

mi madre era poeta
ante nuestros ojos redondos,
preparó en el corredor un teatro infantil
mitologías, novelas

mi padre arregló la mesa
con guayabas y miel

fueron magos brujos clarividentes
mutantes de otro planeta,
entonces, Dios levantó un dedo,
ellos cerraron la última enciclopedia,
recogieron sus alas
y nos heredaron las palabras
para contar historias de la casa de tablas

Débora e Ileanita se lucieron con Las mañanitas. Walter José recordó a mi hermano Abelino con La Plegaria del Labrador y más canciones que acompañó con su guitarra. La Rosa Niña no podía faltar y por eso la declamé, recordando que no debemos minimizar la comprensión de los niños y niñas y éstos, mis sobrinos nietos, que estaban frente a mí, apreciarían las expresiones darianas en ese cuentito navideño. Walter leyó El Reto, poema de Julio Flores que declamaba en sus tiempos mi papá, los aplausos parecían que provenían de una concurrencia que duplicada la realidad.

La hermana mayor cerró la pequeña ceremonia. Y dijo estoy feliz de haber venido, de estar con ustedes.  Y fue justo el momento en que se instaló en nuestros corazones, de manera consciente, la Casa de Tablas.

Ahí está ahora. Con sus tablones raídos, su limonero en el patio, su techo de zinc oxidado, su bodega caótica a mis ojos de niña, sus cerrojos herrumbrados, sus camas de resortes, sus muebles desvencijados, su gorda anfitriona haciendo galletas, y un dandi de camisa manga larga blanca, moreno y cariñoso, sorbiendo despacio un trago de Santa Cecilia. Y seguirá protegiéndonos de intemperies y siendo el lugar donde danzamos en círculos concéntricos y abiertos, el redondo lugar de nuestro encuentro. Y, como el amor del que fue testigo, la Casa de Tablas no podrá ser derruida.

Altamoravia, 2 de enero de 2016

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