Por algún camino

La casa en silencio se fusionó con una adorable luz dorada, característica de algunos días del diciembre que hoy comienza.  Y de enero que está a la vuelta.   Vivir la luz es vivir la casa y viceversa.   Vivir la vida, abrir los brazos, tensionarlos hasta sentirlos abrazar lo posible. La luz.  La vida.  La casa.

Hoy es día de un gran recuerdo, de esos que pegan un golpe a la conciencia para que ésta vuelva a ver el mundo con inocencia y esperanza.

Desde el otro lado del whatsap mi hermana la menor me envió una canción, una música.  Esa música anda conmigo al menos desde hace 50 años (ahora tengo 63), hago cuentas.  Me lo recuerda ella que me oía todas las mañanas porque compartíamos el dormitorio de la Casa de Tablas en Chinandega.   Con mi uniforme de blusa blanca de mangas cortas con el emblema del colegio bordado en uno de los lados, falda de paletones en un diseño de cuadros de colores verde, amarillo y negro, mocasines negros y calcetines blancos altos, me peinaba y miraba al espejo mientras la cantaba. Siempre la misma tonada.  Ella entonces despertaba escuchándome, me dice mi hermana diez años menor.

Esa canción quizá sea la compañía interior más larga en mi historia, y fuerte y querida, me digo yo misma descubriendo que la tengo asociada al amor, su presencia o su ausencia (no importa), a mis búsquedas inciertas, a mi caminar en pueblos lejanos, a mi necesidad de sentido, a mis incursiones místicas, a la lavada de platos sucios desde mi vacío, al sinsentido de la pobreza y la injusticia.   Su letra fue y es trascendente a pesar de su aparente liviandad y, quizá, por ella.

Mi hermana, gracias a estas maravillosas TIC que nos han hecho dar saltos cualitativos en lo personal y en lo social, la encontró en youtube y me la envió.  Tanto ella como yo creíamos que era una de esas cancioncillas religiosas que me enseñaban las monjas de mi secundaria, las queridas Mercedarias Misioneras de Berriz.   Ahora nos damos cuenta que yo la adaptaba al masculino y, en mis años de ardor místico, el destinatario de esa letra era Jesús, ese querido ser humano que nació hace más de 2000 años y que aún no descubro.   Yo la cantaba y la cantaba, mi hermana la oía y la oía, le gustaba, me dice.   Muy pronto me separé de mi familia y mi hermana no me escuchó más.  La canción se fue conmigo a los barrios marginales extranjeros, a caminos polvosos, a sierras indígenas, a cuido de hijos, a trabajos intensos, a soledades no elegidas.

En los últimos años la he cantado menos pero, con frecuencia, la repito dentro mío. Hoy la canté en voz alta.  Sigo frente al espejo.  Seguiré cantándola.  La enseñaré a mi nieta.  La cantaré con mi hermana, a vivas y desafinadas voces, cuando nos encontremos.  Ni ella ni yo sabíamos su nombre y su autoría:  Por algún camino, de Sandro.

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