Al encuentro de las Tres Marías: Juana de Ibarbourou más allá del mito

¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen. / Rosas, rosas, rosas en mis dedos crecen. / Mi amante besome las manos, y en ellas, / ¡oh gracia! brotaron rosas como estrellas.

Mi gorda mamá recitaba esos versos.  Hace casi 60 años en el escenario de aquella Casa de Tablas.  Y mientras sus manos, lejos de florecer, se perdían en la profundidad de la pila donde se acumulaban los trastes sucios de cada día.  Ella alzaba su voz, diáfana.  Y un día sí y otro también, declamaba poemas y, entre ellos, éste.  Le ponía énfasis a las frases que encontraba más significativas que, en este poema, eran:  ¡Ah, pobre la gente que nunca comprende un milagro de éstos y que sólo entiende, / que no nacen rosas más que en los rosales / y que no hay más trigo que el de los trigales!.  Muy pequeña era yo.   Y merodeaba por la pila de la cocina.  La escuchaba. Su voz me encantaba, me abrazaba. Tenía luz, color, armonía.  Me hacía sentir piedad por esa pobre gente sin entender quiénes eran o cuál era el milagro al que se referían los versos.   Mi madre explotaba con el final irreverente del poema, desaparecía ella y ya sólo era su voz llenando el espacio de la casa: Que me digan loca, que en celda me encierren, / que con siete llaves la puerta me cierren,  /  que junto a la puerta pongan un lebrel, / carcelero rudo, carcelero fiel.

Y voy por la senda voceando el encanto / y de dicha alterno sonrisa con llanto. Me pregunté de quién era ese poema décadas después de que me sorprendí declamándolo yo misma.  Ya había muerto mi madre. Obviamente, por su estructura y forma de expresión, no eran versos darianos, a los que estaba acostumbrada.   Sin embargo, tampoco era importante indagar su autoría en ese momento, con tanta ocupación cotidiana, a cargo total de mis dos hijos pequeños en aquellos únicos años.

Cantaré lo mismo / mis manos florecen…. Eran versos cursis, me parecía a mí, que no conocía entonces el conjunto de la obra literaria de Juana. Pero algo bello me hacía repetir las estrofas y confirmarlas mías, como aquellas que sólo yo tengo inventariadas, las que me acompañan en cada trasiego de mi vida con la belleza y la pausa que cada momento ha necesitado, las que surgieron de las vicisitudes de mi niñez y quedaron conmigo.

Fue de casualidad, leyendo una revista literaria, que supe que se tratada de El dulce milagro de Juana de Ibarbourou.  Corrí entonces a buscar  esa herencia materna que yo bien guardaba: tres libros de la editorial Aguilar, de esos de 9 x 14 centímetros.  Uno de ellos, las “Obras completas de Juana de Ibarbourou” (Madrid: Editorial Aguilar, 1960). Viejito y desvencijado, el libro me abrió aquellas hojas de papel de biblia con poemas y poemas que desfilaron portentosos ante mí, increíbles versos de una mujer mágica, contemporánea de Gabriela Mistral y de Alfonsina Storni.

Ahora estoy frente a su biografía “Al encuentro de las Tres Marías: Juana de Ibarbourou más allá del mito”, escrito por Diego Fischer, es su trigésima tercera edición.  Al leerla, demasiadas cosas me conmueven. Y no es propósito de esta nota comentarlas.   Pero sí dejar testimonio que su lectura me permitió encontrar nuevas dimensiones a sus versos, otra forma de acercarme a su legado, quizá con más delicadeza y agradecimiento.  Quizá sintiendo el peso de la vida que entregaba en cada verso.    Y, está claro, darle el lugar de la mujer, esposa y madre que fue la gran Juana de América,  y no sólo el de diva literaria donde yo, precariamente, la ubicaba.

Sin embargo, hay una pregunta que, a modo de reflexión, me interpela desde su biografía:  ¿cómo una mujer capaz de hacer grandes rupturas en esa sociedad conservadora y timorata  del Uruguay que le tocó vivir, no pudo escapar al mandato social de una maternidad subyugada que la hizo prisionera –literalmente- de su único hijo hasta su muerte?. No hay forma de que no surjan también otras interrogantes y, éstas, necesariamente universales:  ¿es posible que las mujeres liberemos toda nuestra energía, escapando a los lazos del sistema patriarcal en todos los campos de la vida y, sobre todo, en aquellos que ocupan nuestra energía vital, como son los afectos?. ¿En qué momento perdemos nuestra identidad para hacer un clavado mortal en la vida de otro ser humano con el pretexto del vínculo?.  ¿Cuándo empezamos a confundir la ternura con la posesión, el acompañamiento con el control?. ¿Por qué la culpa de ser nosotras mismas nos persigue con su látigo indecente?.

Deconstruir ese mandato de madres abnegadas nos llevará la vida.  Un mandato que se entroniza en una relación y un vínculo, el de madre e hijos.   Es como tomar el hilo de una madeja que otras mujeres han venido desenrollando, halar lo que nos corresponda, hasta dónde podamos, y soltar.  Para que  nuevas generaciones de mujeres alcancen esa punta y sigan halando de ella.   Hasta que alguien, algunas, lleguen al principio y no vuelvan, nunca más, a permitirle al hilo ser madeja.

Siguen conmigo los versos de Juana, matizados por su fragilidad y su fortaleza, por su genialidad y  su torpeza, por su humanidad.   Y, por supuesto, con la voz de mi madre en la cabeza.

3 pensamientos en “Al encuentro de las Tres Marías: Juana de Ibarbourou más allá del mito

  1. Que lindo Eida! Quiero leer ese libro…. Hace unos anos Gaby tuvo que declamar ese poema y analizarlo, y cuando mi mama lo oyo, se acordo de mami, igual que vos.

  2. ¡No puede ser! ¡Gaby declamó ese poema! Por eso yo digo que Gaby nos está reivindicando a todas…. Gracias querida, besos.

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