Chinandega y Nijmegen: recuerdos de navidad

Fue hermoso reencontrarme, en Nijmegen, con el árbol de navidad que decoraba mi madre en Chinandega, allá por los sesenta.  Contrario a los pinos de plástico que iluminaban en el resto del vecindario, ella lo hacía de ramas recogidas del campo seco de esa ciudad caliente de la que muchas veces me he quejado.

 

Ese viejo y reiterado recuerdo que, hasta ahora, vagaba sin lugar preciso en mi orografía interior, venía de ahí, de la extrañeza, de la diferencia, de la originalidad de mi esférica mamá.  ¿Cómo se le ocurría adornar un árbol vivo, seco, pero vivo?.  Untaba en aquellas ramas una pasta que conseguía mezclando agua con un detergente de marca “Fab”y que, al secarse, daba el aspecto de nieve. ¡Era nieve! Yo crecí pensando que todos los detergentes en polvo se llamaban “Fab” y que la nieve, en un mundo que aún no conocía, caía sobre árboles navideños de ramas secas.

Su trabajo, en esos días, iba más allá de eso.  Sudaba, literalmente la gota gorda, para colocar en el árbol las endebles instalaciones eléctricas de luces de colores que todos los años había que, más que encenderlas, resucitarlas en una suerte de alquimia que sólo ella poseía trenzando remiendo con remiendo.  Y, a continuación, ponía las plantitas parásitas recogidas también en aquellos predios, y las flores de pinos de dudosos orígenes, con las que terminaba de adornar el navideño árbol familiar que, días más tarde, sería el primer testigo de cómo devorábamos, entre todos los hermanos y hermanas, la gallina rellena de la cena del 24 de diciembre.

Pero ahora se trata de Nijmegen.  Ese árbol de pronto estaba ahí.  Era ni más ni menos uno y cada uno de los álamos que encontraba al recorrer sus calles.  Alamos fuertes, de ramas secas y nevadas en los inviernos potentes de esas latitudes holandesas.   Algunos estaban adornados de navidad.

¿De dónde sacaba mi madre esas ideas, 60 años atrás? Y claro, eran fotografías de sus enciclopedias.  También, podría ser, de imágenes que circulaban en tarjetas navideñas llenas de escarchas, con paisajes europeos o norteamericanos, que contenían pinos nevados, casitas perfectas, chimeneas humeantes, campanitas con lazos rojos o verdes, figuras inimaginables en aquel trópico tórrido.

Muérdago

El muérdago, que había visto en ramilletes plásticos en las tiendas chinandeganas, estaba en Nijmegen en todo su esplendor, con sus pelotitas color vino intenso en el blanco de la nieve virgen.  ¡Una combinación incuestionablemente preciosa, más que las tarjetas de navidad!.   El muérdago, así, como imagen de resistencia y belleza, sólo lo conocí en Nijmegen. ¡Resistencia y belleza a las que quiero asirme!

 

Fue una navidad que, en el centro del pequeño patio nevado de la Casa de Tabaré, tuve mi primer encuentro con la nieve.  Me pareció una abrupta página blanca que pedía mis letras y me tragaba. Mis letras evasivas, mis letras mentirosas, mis letras entumidas.   ¿Sería en blanco y negro mi escritura en la nieve?  ¿O talvez en colores?  Sólo el tiempo lo podrá decir.

Frente al río Waal, de más de 150 metros de ancho, tomé una sopa de champiñones y unas pastas de espinaca.  El humo caliente y fragante que emanaban es inolvidable. Habían gaviotas sobre el río.  Barcazas transitando el Waal, lentamente trasportaban carbón hacia el puerto de Rotterdam.  Belleza adherida a todo. Necesidad de integridad y amor que se afianzaba con cada paso por su muelle congelado.  Mis pies convertidos en muñones por el frío.

La Biblioteca, en el Centro Cultural Municipal de la ciudad, es una imagen onírica de tan bella. Un sueño para una bibliotecaria centroamericana.  Está organizada en espacios amplios y circulares, con estanterías abiertas y todos sus procesos automatizados.  Los espacios de lectura mezclados con las estanterías albergaban personas relajadas. Me gustó eso de que el “viejo continente” tuviese tantas opciones culturales incluyendo las bibliotecas.  Me gustó que gastaran dinero en bibliotecas, y fantaseé con la idea de este llamado primer mundo exportando y proyectando más cultura, en contraposición a noticias recientes de intolerancias, violencias, femicidios y xenofobias.

De las caminatas por el centro histórico me queda en el recuerdo la calle de Santa Ana (antigua vía romana) y la Plaza del Emperador Carlo Magno, centro de la ciudad moderna, no sin mencionar la Capilla Carolingia donde tuve pánico de caerme por esa nieve, ya dura, que me hacía resbalar.

Nijmegen es la ciudad más vieja del Reino de los Países Bajos, o se precia de serlo. Fue fundada por los romanos y hay evidencias de esa primera dominación imperialista en la cultura y en la arqueología.  Es también una ciudad universitaria de mucho prestigio en el área.

Pero yo la encontré dúctil, navideña, para nada romana o académica. Sólo una ciudad nevada que día a día se deshacía ante mis pies. Melancólica y oscura de día, y más oscura y melancólica de noche; sus rincones iluminados parcamente eran paisajes lejanos que, sin embargo, estaba pisando;  esa gran ciudad la llamé “de la familia ampliada”, esa que hizo posible mi vivencia del paisaje y acogió mi aldeanitud, mientras los recuerdos de mi infancia en Chinandega latían con fuerza.

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