Mi cuñada, el chanchito y el mercado

El mercado de Chinandega es un gran pulpo que parece crecer solo.    No obstante, sabemos que son las personas con sus chunches quienes lo hacen ensancharse a lo largo y ancho de la ciudad.  Y caotizarse cada vez más.  Me pregunto si el mercado es una suerte de representación del mundo interior de los nicaragüenses que viven en esa parte del país: colores alegres y frutas deliciosas conviven con mugre, cachivaches y calor en un hacinamiento de gentes y animales muertos y vivos.

Entre los animales vivos que lo habitan están las gallinas, los garrobos, los punches, los pollos, las almejas, las loras y los chanchos de todos los tamaños.  Quieren vivir.  Quizá sueñen con el aire, con el sol, con la tierra, con el agua.  Pero mientras sus dueñas pugnan por venderlos, las marchantas lo hacen por comerlos a buen precio.  Hay otros animales vivos e igualmente representados en el mercado, no tienen valor de cambio.  Son las cucarachas, moscas, pulgas y ratas que no distinguen entre vivos y muertos para sacar provecho.

Caminar un poco por los angostos pasillos del mercado, o pararse para verlo en alguna de sus dimensiones, es suficiente para sentir crispación.  Debe ser por la densidad de sucesos cotidianos y anónimos que transpiran la vida de sus habitantes a cada paso.  O porque se palpa la vida y la muerte departiendo promiscuamente en cada hueco, cada charco, cada eco.

Gloria mi cuñada vive un poco lejos de ese lugar de compra y venta, más al este de la Iglesia del Calvario.  Pero ese día pasaba por una de sus callejuelas después de dejar a su nieta en la academia de baile de Raúl Peñalba, un folklorista setentón y gay, cuyo arte ha lucido la ciudad de Chinandega por generaciones.     Se topó entonces con una señora que traía un chanchito pequeño, atado con una cuerda, destinado a ser vendido.   No es claro por qué el porcino se asustó y, de pronto, torció su rumbo.   Eso provocó que Gloria se enredara en el mecate y se fuera de bruces trayéndose consigo al chanchito que, sobre ella, la golpeó con sus pezuñas de  bebé nervioso.   Su dueña trataba de halarlo hacia sí, no sin gritos de enojo hacía mi cuñada que se metió en su camino.

Llegué a Chinandega al día siguiente de este suceso.  Oir el relato y ver cómo estaba Gloria era inverosímil. El labio superior roto e hinchado, raspaduras en las piernas, los codos y la frente.   Moretones en el abdomen y en los brazos.  En contraste, el relato de la afectada era muy parco.   De un enredón en la cuerda de la que estaba asido el lechón a su dueña, no se podía derivar tanta inflamación y dolor en su cuerpo.    Mi imaginación hacía justicia uniendo los daños que veía en mi cuñada y poniendo más palabras al relato.    Sin duda debió haber sido un cuerpo a cuerpo entre ella y el cerdito, de algunos minutos en el suelo, para poder entender todo el malestar de la pobre mujer.  Un entrevero de dos vidas, la de mi cuñada y la del chanchito, hervían en mi imaginación con el escenario del mercado.

Aún días después, las imágenes cruzaban mi cabeza.  Entre ellas mi cuñada ya en recuperación, el chanchito con su inapelable destino, las calles sucias, la gente en su aparente deriva, la señora y sus propósitos, el calor de la ciudad…Quería hablar más con Gloria, conocer al puerco  y a su dueña…    No sé qué me pasó, ni qué me pasa cuando pienso la historia.  Mi corazón palpita muy fuerte como si el chanchito me pateara a mí y, al mismo tiempo, fuera mi mascota.    Siento amor y dolor por Gloria, por el lechoncito, por la intemperie de la gente en el mercado, por mi familia, por ese ir y venir que no me explico.

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