La tercera palabra

Escribí fuera de la compucita por primera vez en mucho tiempo.  Palabras a la zumba marumba.   ¡Fue ocasión para estrenar una pequeña libreta que hace meses me regalara mi hijo!   Comencé sin saber cuándo y por qué debía terminar, lo que hice hasta que la pequeña página de la pequeña libreta estuvo llena o casi.  Desde mis dedos hasta el papel, treinta y nueve palabras se hicieron compañía separadas de comas sin permitirme, ninguna, quedarme en asociaciones lógicas o, quizá, queridas. ¡Qué locura! ¡En qué dispersión me encuentro!

La primera palabra que escribí fue “lluvia”.   Cualquier persona en mi lugar hubiera hecho lo mismo, escribir “lluvia”.   Comenzaba a llover aquí en Moravia, aunque no tanto como cuando el cielo está más decidido. Lluvia, contenida, pero lluvia inequívoca.   Los truenos sí que fueron serios y entonces puse a continuación de “lluvia”, “truenos”.   Los triquitraques celestiales fueron antes de la lluvia, yo los puse después.    En cambio “gracias”, la tercera palabra de mi lista, se filtró como un mantra innecesario, un rezo loco.  Ese “gracias” palpitaba a esa hora dentro mío y se mostraba con autonomía.  No podía jugar a ser tangible como el trueno o la lluvia, pero se quedó, invisible y sutil, en mi cuarto vacío.

Nota: Este es el ejercicio 1 en el marco del Taller La palabra habitada dirigido por el escritor costarricense Rodrigo Soto.

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