Foto familiar

Miró la foto con estupor.

En el centro, sentadas en un sillón de mimbre, las dos ancianas, viudas desde hace tiempo.  A sus espaldas y de pie, sus hijas rodeándolas, cuasi abrazándolas. Tocándose, arrimadas, juntadas, apelotonadas.  Siete mujeres, un solo cuerpo y casi, casi, un mismo destino.

Como quien enciende y apaga un bombillo, esos rostros otrora queridos y frecuentados en los tiempos pujantes y jubilosos de las mujeres retratadas, se acercaban y alejaban como en flash back.  Gente de pueblo, buena, aseada, querible, bondadosa, noble: sus dos tías.  Infantiles, candorosas, inocentes, amistosas: sus cinco primas.

Para esas tías la belleza, la elegancia y la abnegación fue un sello natural, bisutería que las engalanó por décadas, aroma que esparcían al andar. Sonreían casi siempre.  Cuidaban sus casas, y sus maridos mientras los tuvieron.  Iban a misa los domingos y días de guardar.  Iban a misa con pasos presurosos y agarradas de las manos de sus hijas que lucían, como ellas, zapatos de charol y trapos de dominguear. Comulgaban y daban limosna. Se sentaban juntas en las primeras bancas de la iglesia. Rezaban. ¿O sólo miraban a Dios?  Estas escenas, casi calcadas, sucedían en dos pueblos los mismos días de la semana a las mismas horas en que las campanas llamaban a misa.   Los dos pueblos donde vivían cada una de ellas.  Una con sus dos hijas, la otra con tres.

Vió la imagen otra vez, varias veces.  Recorrió los rostros, las posturas, los vestidos, las miradas de cada integrante de aquel sexteto. Inhaló, furtivamente, algo de brisa de Ticuantepe, porque ahí parecía haberse grabado la escena.  Quería no sentir tan lejano lo que por muchos años fue cercano. Algo así como recibir un efluvio de su raza, su manada.  Pero ¿dónde estaba la belleza de sus tías, aquel vigor de mujeres laboriosas, juveniles y sanas?   ¿De dónde salía esa imperturbabilidad que no podía juzgar, ni negar, ni acercar?  ¿Esa paz sepulcral de tanto no necesitar ni esperar?

Las hermanas de su padre habían envejecido. Sus hijas no lo harían, literalmente, jamás. Porque la naturaleza es así, arbitraria: exacerba los contrastes, pone pelos en la sopa, obliga a sacudir el polvo de las sandalias, o simplemente calla cuando asoman reclamos o preguntas.  Los rostros de esas eternas niñas mostraban sus sonrisas y candores.  En cambio, los de las tías eran mustios, focos apagados, mapas de amarguras.  Frustraciones y angustias se habían anquilosado en sus miradas.  O quizá ilusiones, sueños, amores, posibilidades clausuradas.  Porque eso es la ancianidad en las mujeres cuando son tan buenas: topar con la imposibilidad de recrear la vida, con la negación completa al estallido de una carcajada.

Se sentía envejecer.  Tuvo miedo de que llegara ese tiempo cuando la piel, sin pudores, se muestra como página donde se escribió la vida. Y no cualquier vida, sino la vida, la vida vivida. Al menos no dejaría que la retrataran después de los 60.   ¿O quizá hay otras maneras de envejecer?   ¿Las que le pareció ver en otras pieles de mujeres amigas?  Un reto circuló en sus venas.  Pensó en la anciana que quería ser.

Las tías envejecieron protegiendo a sus hijas.  Sin tiempo para ver en el espejo lo hermoso de sus cuerpos de mujeres jóvenes, adultas, viejas.   Sin esperar algo y sin alternativas.   En cambio, las primas no conocerán los estragos del tiempo.   Sus risas saldrán en las fotos, morirán sin sospechar cuánto ha costado su confort, sin conocer las responsabilidades, la maldad, el amor, el trabajo o la mentira.    Candorosas a sus 50 o 60 años seguirán vistiendo sus muñecas inocentes como ellas y cuidando sus cutis con crema Ponds.  Y pintándose los labios y las uñas se apagarán un día quizá sorprendidas que mamá no haya vuelto de quién sabe dónde y desde hace quién sabe cuánto tiempo.

Nota:  Este es el ejercicio 5 del Taller La palabra habitada dirigido por el escritor costarricense Rodrigo Soto.  Son tiempos de cuarentena por coronavirus.

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