Un raro milagro

En Villanueva, municipio de Chinandega, está la comarca de El Paraíso.  Fronteriza, plana, caliente, pobre, sucia.   Ahí es mejor no husmear en la vida de las gentes porque suele pasar que topamos con desgracias humanas a granel que, por no tener muros de contención, flotan en el fango de la cultura consumista, machista y violenta del afamado mundo occidental.   Si hay niveles y matices, por supuesto que ahí está lo peor de lo peor, el infierno, uno de los tantos basureros humanos productos del sistema.

Mayra nació en El Paraíso, hija de un jornalero agrícola y su mujer.  Negrita, murruca, bizca y epiléptica.  Con atrofia en una de sus extremidades, dificultades para hablar y desnutrición severa.  Sus calamidades físicas lo eran también emocionales porque, a sus cinco años, ya había sido violada varias veces por su padre. ¡La miseria humana suele ser cruel, no tener límites y, muchas veces, hacer de la inocencia su presa!

Sólo la vida y sus misterios pueden atribuirse el milagro de que llegaran a ese pueblo, en ese día y a esa casa, una pareja de turistas costarricenses, Diana y Azucena.   Y no se sabe por qué se enamoraron de la niña, aunque ambas de distinta manera: una con espontaneidad y esperanza, la otra con mayor racionalidad y reflexión. Se arriesgaron más allá de todos los porqués y decidieron comprarla a sus padres por una suma de dinero y, una de ellas, Azucena, la adoptó legalmente, aunque Mayra sería, desde entonces, la hija de ambas.  Y se sucedieron trámites engorrosos tanto en Nicaragua como en Costa Rica, hasta que las dos mujeres un buen día regresaron a su casa de Curridabat con su primera y única hija.

De modo que Mayra inició su vida en San José con dos mamás y un caudal de amor inimaginable desde su historia de origen. Era fea y huraña, tanto que se volvían un caos los intentos de socializarla.  También llorona y caprichosa.  Una batería de atención médica y psicológica se activó, nomás llegando. Terapias de lenguaje, fisioterapias para sus piernas, escuela especial, clases de música y natación.  Trece años de constancia y cuidados dan cuenta, ahora, de una jovencita que, aunque sigue algunas terapias, ha superado traumas emocionales y físicos, es buena estudiante, madura, inteligente y disfruta de amigos y amigas.  No hubo trampas ni artificios, el amor tiene la fisonomía de los hechos que lo expresan y está muy lejos de ser receta mágica y palabra vacía.

Azucena se desbordó desde el primer día con su niña.  Te amo mucho le decía, además, con besos, y la niña ni siquiera orientaba su mirada hacia ella, con sus ojitos tan perdidos como los tenía.   Te amo mucho le decía también mientras recogía el reguero que dejaba la niña aprendiendo a comer.  Te amo mucho le decía, mientras la niña en pleno berrinche buscaba tirar al suelo lo que tuviera cerca.

A Diana le costaba querer a Mayra y sólo era testigo silenciosa de los gestos de cariño que le prodigaba su compañera.  Un día que estaba en su trabajo, recibió una llamada de emergencia.  Era Azucena.  Mayrita había convulsionado nuevamente, le decía, ya cuando ellas pensaban que esas crisis habían se habían superado.  Corrió.  Corrieron al Hospital de Niños.   En el camino Mayra vomitó sobre el cuerpo de Diana mientras Azucena conducía el auto.  Llegaron, y luego de varias horas de suspenso, el personal médico logró sacar a la niña de la crisis. Regresaron a casa a media noche. Diana se percató que no se había lavado inmediatamente la vomitada de la niña sobre su ropa y su cuerpo y que, más bien, había corrido a ordenar la cama donde la pondrían a descansar y súbitamente comprendió que la amaba.  Ya la amo, se dijo.  El momento fue revelación y, en su conciencia, una explosión de luz.

Nota:  Este es el ejercicio 4 del Taller La palabra habitada dirigido por el escritor costarricense Rodrigo Soto.  Son tiempos de cuarentena por coronavirus.

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