La cueva de tesoros de la abuela

El enanito gatea como camina un cangrejo.
Un poco de lado avanza en diagonal
con su patita derecha de palanca.
Va hacia la cueva de tesoros de la abuela.
Se yergue poniendo su mano izquierda
sobre el estante.
Con la derecha jala una, dos, tres veces y ¡ya!
ha abierto una de las puertas.
¡guauuuuu!  ¿qué es esto?

Decidido saca
cajas de pasta de dientes,
jabones de olor,
frascos de crema,
botellas de shampoo,
sobres de clínex….

Me mira desde abajo
¡qué grande sos, abuela!
Y sigue investigando.

Almuerza en su silla aturdida
de pedazos de ayote,
granos de arroz y tortas de papas.
Un trozo de papaya
sale disparado, plás, de entre sus dedos
hasta su cabeza….
plás plás plás…
la sillita de madera embadurnada.

En la hora del jardín
peina la melena de la menta
con la rama de un romero.

¡Shshshshsh, shshshsh, shshshsh!!
Con el sueño llegó la hamaca,
shshshshsh, shshshsh, shshshsh,
¡Ya duerme entre las plantas!

¡Hasta otro día, travieso!,
murmuran los tesoros de la abuela.
¡Hasta luego, bribón!, dice la silla.
¡Chao, grandulón!,
grita la menta con su vocerrón.

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