La electricista del barrio

Redonda. Una vez casi se mata por querer remendar una instalación eléctrica en el techo de su casa. Se subió, para ello, en una mesa de madera que crujiendo le dijo Bajate, no te aguanto. También cambiaba los sockets que se arruinaban con el uso y con paciencia franciscana remendaba las instalaciones de luces que debían adornar el árbol de navidad año con año. Muchas veces también fue la electricista del barrio. Nunca hubo nada que lamentar, prueba de que en la vida suceden milagros.

Su historia es confusa.  No se sabe de dónde le venía esta impronta tan peculiar para una mujer.  Al respecto hay que decir que de niña vivió un mundo oscuro de velas de cebo y lámparas de canfín, de esas que se hacían con un tarro viejo y una mecha de calcetín o cualquier cosa, porque en esas primeras décadas del siglo veinte, así era en su pueblo. ¿Tendría su destreza origen en la carencia?

Con la comida tenía una relación particular.  Cocinera de guisados para chuparse los dedos, también horneaba panes y reposterías.  Siempre había un tarro de lata, grande, lleno de galletas de limón que eran la delicia de la gente menuda y también de las personas mayores.    Y por supuesto que no faltaban las conservas de tomates, de nancites, de coyolillos. Y los encurtidos.  Ahhh los encurtidos…. mezclados con el arroz recién hecho….

Fue una vida mágica la de Amada. O más bien una vida dura con la que ella hizo magia.  De aquella infancia de hambrunas surgió una mujer que a manos llenas daba de comer. Por eso no le faltaban las visitas fugaces y las amistades de largo aliento.  Y la niña flaquita se convirtió en una mujer redonda, de ojos verdes y bucles dorados.  Una mujer que contravenía al destino con la fuerza de un río que se deslizaba caudaloso y discreto en su interior.

Leer era su recreo, sobre todo enciclopedias y poesía.   La Quillet. Pero también la Enciclopedia Británica y la GeoEncliclopedia.  En ellas viajaba por países y lugares insospechados y conocía destinos marcados en los versos de Rubén Darío.  Tampoco se sabía por qué esta mujer que, con dificultades llegó a primer grado de primaria, era tan lectora.

De modo que de su pueblo perdido en una montaña nicaragüense, surgió una cosmopolita que viajó, primero en enciclopedias y después en aviones.  Y es que, luego, cuando la adultez empezó a codearse con la vejez, tuvo mejores condiciones y olvidada de reparar las instalaciones navideñas y de poner los coyolillos en conserva, se iba de fin de año a Milán o quizá a Roma, aunque Dublín le apetecía mucho y también Praga. New York le fascinó en el Central Park y de Washington hablaba mucho de la iridiscencia del diamante azul que se encuentra en el Museo Nacional.

Bella, redonda y viajada.  Rebelde desde su candor y su fulgor.  Se deslizó por la vida de las personas dando un amor que inventaba en cada encuentro.

¿Era una diosa que creaba de la nada? 

2 pensamientos en “La electricista del barrio

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