Memorias de la luna oscura

P-1501_Memorias 25-03-2021_NEW.inddSomos personas erguidas no sólo porque tenemos columna vertebral,  sino también por cuentos que, desde los albores de la civilización, se constituyeron en pivotes interiores que orientan y dan significado a nuestro actuar.  Hechas de cuentos y de huesos, somos huesos y somos cuentos.

Ana Lucía Fonseca en sus Memorias de la luna oscura (Editorial UCR, 2021) nos lo recuerda escribiendo historias que recrean algunos de estos cuentos.

Es necesario que cada tanto toquemos estos continentes semánticos re-escribiéndolos desde otro sitio.  Ana Lucía los toca haciendo un trabajo hermenéutico, laico y feminista, desde el lugar de la mujer que es. Los toquetea inventándoles giros, bifurcaciones, guiños, reinterpretaciones, atascos, miradas, sentidos y fantasías que los hacen más nuestros.

Revivimos, a través de las historias, los tiempos en que Dios buscaba ocupar todo el territorio divino que hubiese, es decir, un lugar sin los dioses y no entre los dioses,  deseaba brillar solo, ser el único adorable a cualquier costo.  Y el costo, sabemos, fue la violencia. ¿Qué Dios es este que arrebata y desplaza? -diría Ana Lucía- .  Ahí está, es Dios, nuestro principio cultural, de ahí venimos, de esa necesidad de imponer por la fuerza una inmensa mentira y seguir justificándonos cada vez que descuartizamos a una Jezabel o castigamos al que sólo aprendió a hacer clavos para una cruz de madera.

Ese Dios de antes es el mismo de ahora, el que salva a unos y condena a otros (basta prender los noticieros para escuchar cómo gracias a Dios alguien se salvó de un accidente mientras otros fueron abandonados a su suerte); es el Dios que sigue pidiendo sacrificios y enviando castigos, el que no escucha nuestros ruegos que ahora son para que cese la guerra en Ucrania, el que nos juzga y, para decirlo en simple, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.

En Memorias de la luna oscura, si bien Dios es el mismo, lo más importante es que han cambiado las personas y sus roles dentro del mito y, con ellas, somos gentes con nuevos significados surgidos de confrontar y recrear nuestros cuentos primigenios.  Junto a la autora humanizamos al ángel y reivindicamos a Eva, a Caín, a Ismael, a Magdalena, a Judas y, también, al judío errante, al pobre, al triste, a la  mujer y al blasfemo, cuestionando en todo momento el poder que se ejerce sobre los débiles a veces con falacias bizarras que se imponen por la fuerza.

Hay ecos de nostalgias, rebeldías, curiosidades, atrevimientos, generosidades, irreverencias, aceptaciones, verdades y osadías muchas veces entreverados a lo largo de las catorce narraciones. Nuestros ecos.  El coctel de evocaciones y sensaciones que nos da la lectura de este libro, nos conecta con quienes queremos ser porque son historias que nos dignifican.  ¡Una reingeniería interior ha sucedido!

El texto se ubica en ese conjunto de obras literarias imprescindibles para renovar nuestras espiritualidades, junto a Vita brevis: la carta de Floria Emilia a Aurelio Agustín  de Jostein Gaarder (Siruela, 1996), Caín de José Saramago (Alfaguara, 2009), La grieta de Doris Lessing (Lumen, 2007), El infinito en la palma de la mano de Gioconda Belli (Booket, 2009) y ¿por qué no?, La ilustre familia (1954) de Salomón de la Selva y tantas otras obras que se escapan de esta pequeña nota.

Al resignificar estos mitos habitamos universos donde los acontecimientos se nombran y suceden, desde los primeros tiempos, como intuimos siempre que debían nombrarse y suceder.

Gracias.

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